lunes, 1 de abril de 2013

EL CASO STARKWEATHER


—El comité abre la sesión. Grant Starkweather, acérquese al estrado –dijo el magistrado con voz atiplada y desagradable.
Un hombre de cincuenta años recién cumplidos, de figura y constitución formidables, frente despejada, mentón prominente y pelo corto y castaño –ligeramente encanecido– se incorporó y se dirigió al estrado. Vestía traje de chaqueta y corbata – no iba a caer tan bajo como para asistir con hábito de presidiario: no les daría tal placer. Tras él permanecían otros doce imputados, todos con expresión seria, otros asustados, y algunos indiferentes.


—Señor Starkweather –repitió el magistrado de voz aflautada–: ¿es usted director ejecutivo de Tecnologías Starkweather? Responda sí o no.
—Sí, señoría.
—Y, ocupando usted tan relevante cargo dentro de su compañía, ¿estaba al corriente de que defraudaban… –el magistrado revisó algunos papeles, escudriñando a través de sus diminutas lentes con aire de coyote– Doscientos cincuenta millones de dólares todos los años desde hace una década? Responda sí o no.
Se hizo el silencio.
—Sí, señoría.
Los asistentes comenzaron a murmurar entre ellos, sorprendidos. El resto de imputados quedaron ahora cabizbajos, confundidos.
—¿Se declara usted culpable, entonces? Responda sí o no, señor Starkweather.
—Lo siento, señoría: me es imposible contestar a eso con un sí o un no.
—¿Disculpe?
—Digo, señoría, que la respuesta adecuada sería “¿culpable de acuerdo a qué estándares?”.
—No entiendo a qué estándares puede referirse, señor Starkweather.
—Señoría, de acuerdo a sus valores morales, soy culpable. De acuerdo a los míos, soy inocente.
Los miembros del comité se dirigieron miradas de desconcierto.
—Esto no es una cuestión de moralidades, señor Starkweather: estamos hablando de la legalidad.
—¡Oh, señoría! Pero la legalidad está enormemente influida por la moralidad.
—No es el momento de debatir tal cosa ni tengo tiempo para diatribas ni sandeces. Se lo repetiré una vez más: ¿cómo se declara?
—Inocente, señoría.
La sala reverberó de susurros y murmuraciones. Los miembros del comité comenzaban a impacientarse.
—Señor Starkweather –intervino el magistrado, con la voz aún más chillona debido a su inquietud–, ¿dice usted ser inocente de los delitos que se le imputan a usted y a su compañía, habiendo reconocido que Tecnologías Starkweather defraudó a Hacienda durante diez años seguidos, y que usted estaba al corriente? Creo que está usted insultando mi inteligencia.
A Starkweather se le dibujó una sonrisa en el rostro.
—No, señoría. Sólo he respondido a su pregunta: soy inocente. No considero que defraudar a Hacienda sea un delito en absoluto. ¿Qué derecho tiene el gobierno para reclamar mi dinero, los millones de dólares que mi compañía ha ganado limpiamente por medio del comercio? ¿Entiende ese concepto, señoría: mi dinero,mi compañía? Mi propiedad, señoría: mía, no suya, ni del gobierno.
—Señor Starkweather, ¿debo recordarle que todos pagamos nuestros impuestos religiosamente?
—¿Y eso que quiere decir, señoría? Mucha gente se suicida, ¿qué quiere decir eso, señoría? ¿Que nosotros también debemos suicidarnos?
—Se trata de contribuir al bien común, es un sacrificio que todos hacemos voluntariamente.
—¡Ah, el bien común! Es usted un hipócrita, señoría, y le diré por qué. Díganme, miembros del comité: ¿harían el favor de mostrar a los asistentes qué portátiles, tabletas gráficas y móviles están usando al tiempo que me sentencian?
—No es relevante para el caso, señoría –afirmó uno de los miembros del magisterio fiscal.
—Sí que lo es. Pero no hace falta que lo hagan. Yo se lo diré: están usando productos de Tecnologías Starkweather. ¿El público podría, por favor, mostrar qué móviles llevan consigo en este momento, y los miembros de la prensa, qué tecnología están usando?
Algunas voces se alzaron en la parte trasera de la sala: “¡Tecnologías Starkweather!”
—En efecto, Tecnologías Starkweather –indicó el acusado–: mi tecnología. ¿Cómo la tienen, si puede saberse? Si es mía, sólo mía, fruto de mi mente y de la de los miembros de mi compañía, ¿cómo se han hecho ustedes con ella? Ciertamente, no me han robado: la han comprado. ¿Y por qué la han comprado? ¿Por qué más de dos tercios de las tecnologías que ustedes están usando pertenecen a la marca de micompañía, y no a la de Mapple, por ejemplo? Yo se lo diré también: porque la mía es mejor. No lo afirmo sólo yo: me respaldan todos ustedes, que han preferido comprar mis productos antes que los de Mapple. Han valorado positivamente mi tecnología, y han decidido intercambiar valor por valor, y me han pagado a mí voluntariamente, y todos nos hemos enriquecido. Tal hecho es innegable.
»Piensen además en mis fábricas a lo largo y ancho del país, y en la riqueza que yo creo, concediendo cientos de miles de puestos de trabajo a gente que los necesita para vivir. Mientras ustedes y su gobierno, señoría, se dedican a imponer tasas a la vida como si sus gobernados fueran súbditos, yo les doy la vida y los trato como a iguales: intercambiando valor por valor. Eso es contribuir al bien común, señoría, y puedo asegurar que pocas personas han contribuido tanto al bien común como yo lo he hecho. ¿Y quiere saber lo mejor, magistrado? Que lo he hecho persiguiendo mi propio beneficio, porque no es el bienestar de los demás lo que justifica y da un propósito a mi existencia, sino el mío propio. Mi compañía no busca enriquecer a los demás, lo que pretende es hacer la mayor cantidad de dinero posible; pero ya ve que así hemos enriquecido a los demás proporcionalmente, y hemos elevado su nivel de vida más allá de lo imaginable, porque gracias a nuestras tecnologías usted puede comunicarse a cualquier hora del día con la otra punta del mundo, y conectarse a Internet dónde usted prefiera, y manipular vídeos, fotos y documentos digitales con la comodidad de arrastrar el dedo por una pantalla electrónica. Y eso lo he hecho yo, señoría, no usted con sus impuestos.
»Usted y los que son como usted, magistrado, me atacan diciendo que no me sacrifico por el bien común, y es cierto: no me sacrifico ni deseo hacerlo, y desprecio a quien sí lo hace, porque eso es una forma de alentar el canibalismo y la esclavitud, y no pienso tomar partido en ese holocausto que ustedes han creado. Me critican diciendo que no respeto la justicia social, y es cierto: no considero que la justicia necesite de adjetivos ni mucho menos creo que ésta se base en despojar a los más capaces del fruto de su trabajo para entregárselo a los más necesitados y miserables, ni pienso que la justicia demande que abra mis venas y vierta mi sangre en altares consagrados a los incompetentes de la tierra, ni que mis virtudes sean el sacrificio que deba hacer para redimir los vicios de los pecadores y los desgraciados, porque la justicia no es intercambiar virtud por vicio, señoría, sino virtud por virtud, valor por valor. Eso es justicia, señoría, y no lo que su gobierno pretende perseguir. Me acusan de no luchar contra la desigualdad, y así es,  porque no creo que la desigualdad tenga nada de malo: allí donde hay una persona que piensa, que utiliza su mente de manera libre, existe desigualdad, porque aquél que descubre el fuego lo posee en perjuicio de aquellos que no utilizan su mente; porque el empresario que levanta una fábrica donde antes había un descampado, o que extrae petróleo de donde antes había un desierto, produce lo que otras personas no han sido capaces de pensar en producir, y eso es la desigualdad: no es una cuestión de condiciones materiales, sino de la mente. Y, aun así, si yo pretendiera acabar con la desigualdad, no sería de la manera que ustedes lo intentan, atando en corto la mente de los más capaces e imponiéndoles trabas, obstáculos, regulaciones y reglamentaciones tediosas, sino dando la mayor cantidad de libertad posible para que todo el mundo pueda explotar su mente al máximo. Dicen que sólo persigo el lucro, y tal afirmación es cierta, ¿qué hay de malo en ello? Ustedes quieren y demandan mis tecnologías, productos y bienes que son fruto de mi mente y que ustedes han sido incapaces de pensar en producir; y al querer lo que yo produzco –yo, señoría, no ustedes– reconocen que estoy creando algo de gran valor, algo útil que hará su vida más llevadera. Y si hemos sido yo y mi compañía –¿recuerda ese concepto, señoría: mío?– quienes hemos creado ese valor, ¿con qué derecho vienen ustedes a mí para decirme que no puedo querer lucrarme, y que cada año debo entregarles a ustedes, que no producen nada, doscientos cincuenta millones de dólares con una cándida sonrisa en el rostro?
»Usted, señoría, reclama y defiende el derecho de los incompetentes a vivir sin trabajar, a una alimentación, ropa, vivienda, salud y educación independientemente de lo que producen. Usted asevera que todos y cada uno de los seres humanos sobre el planeta tienen derecho a una fracción de la riqueza del mundo, y yo le voy a plantear esta gran pregunta: “¿a costa de quién?” Dígame, magistrado, ¿quién produce el sustento básico de los incompetentes? –yo–, ¿quién produce la riqueza de la que viven ustedes? –yo–, ¿y por qué esa persona –yo– debe producir para ustedes a cambio de nada, y rechazar el afán de lucro que ustedes critican? Aquellos que reclaman el fruto de la mente y del trabajo de otros, lo que reclaman, señoría, es el derecho a esclavizar la mente de los que producen. Usted ha reclamado su derecho a esclavizar mi mente y se cree dotado de la capacidad para obligarme a poner mi mente a su servicio, y que yo satisfaga sus necesidades a cambio de nada. Bien, pues yo me he rebelado y he roto los grilletes que sus leyes me han impuesto. Su gobierno pensaba drenar de mis venas doscientos cincuenta  millones de dólares al año durante una década y yo le he demostrado que no tiene derecho a ello. Si eso es un delito, actúe en consecuencia. Yo he defendido mi mente y el producto de mi mente. Si eso es un crimen moral, actúe como le plazca y crea conveniente de acuerdo a su propio código moral. Pero, desde luego, si piensa hacerse con mis doscientos cincuenta millones de dólares, no será con mi colaboración. No acudiré al altar de sacrificios consagrado a su deificado “bien común” por mi propio pie, ni abriré mis venas y drenaré mi sangre voluntariamente, como usted dice. Si usted quiere lo que yo tengo y que no pienso, bajo ningún concepto, cederle pacíficamente, actúe usted de acuerdo a su auténtica naturaleza, y acuda a mí como lo que es en realidad: un vulgar saqueador. Si de verdad quiere mis doscientos cincuenta millones de dólares, se verá obligado a utilizar la violencia que es connatural a su depravado código moral, y tendrá usted que enviar a sus mercenarios a asaltar mi propiedad, echar abajo la puerta de mi casa, secuestrarme enfrente de mi aterrorizada familia, y encerrarme en un zulo oscuro el resto de mi vida –porque, independientemente de lo mucho que intente quebrar mi voluntad, mi vida seguirá siendo mía, se lo aseguro–, para poder así despojarme impunemente de mi compañía y de mis bienes justamente conseguidos. Pero entonces yo habré ganado, porque para ello usted tendrá que haber mostrado su verdadera naturaleza criminal, y a los ojos del hombre racional, de aquél que, como yo, vive de su mente, ama su vida, y sigue mi código moral intercambiando exclusivamente valor por valor, será usted lo que es: un saqueador, porque toma cuanto quiere de los demás mediante la violencia; un esclavizador, porque considera que los demás estamos obligados moralmente a producir para usted sin derecho a exigir nada a cambio; un parásito, porque es incapaz de vivir por sí mismo y necesita a otros para existir; y en definitiva, un asesino, porque niega el hecho de que la vida le pertenece en exclusiva a quien la vive al impedir al individuo elegir libremente sus propios valores y preferencias, sometiendo la vida de los demás a su propio código moral.
Todos los asistentes se incorporaron, aplaudiendo y vitoreando las palabras de Grant Starkweather. Los periodistas habían dejado constancia de todo su discurso para la posteridad, y los miembros del comité, consumidos por la ira, la impotencia y su propia mezquindad, trataban de ocultar su rostro compungido y pasar desapercibidos frente al hombre de principios morales inquebrantables que los había derrotado en una batalla desigual.
—Si, según el comité, todo cuanto he dicho yo hoy aquí es falso, hagan lo que tengan que hacer, pero no me retractaré de mis palabras. Y si es cierto, sean honorables: declárenme inocente y pónganme en libertad; o aférrense a su propia moralidad y enciérrenme sabiendo que yo les he vencido, y afronten las consecuencias – porque las habrá, se lo aseguro.
Los magistrados, que sólo deseaban salir de allí corriendo y que los tragara la tierra para desaparecer y no volver a ser vistos, intercambiaron murmullos y cuchicheos atribulados. Finalmente, el magistrado de voz atiplada, que ahora había palidecido y se asemejaba a un fantasma, fue quien declaró la sentencia:
—Caso Starkweather… –dijo con un susurro–: sobreseído.