viernes, 5 de julio de 2013

¡Un nuevo relato justo antes de partir!

Justo, justo antes no, pero casi. Después de encontrarme con los molletes sevillanos hoy en Fnac y pasar un día espléndido (que sólo es preludio de la maravillosa experiencia que comenzará el domingo), he vuelto a sentir la necesidad de escribir un nuevo relato de terror, fiel a mi estilo. 

Sabía que quería escribir algo, pero no supe el qué hasta que sucedió esto: fui corriendo a comprar el pan por encargo de mi madre y, cuando iba de camino, vi que había un chaval unos dos años más pequeño que yo sentado en una plaza cerca de mi casa. En ese momento no reparé al cien por cien en él. 

A la vuelta, vine caminando y no corriendo, y entonces me detuve a mirarlo por un minuto (suena a acosador, pero sólo un poco xD). Lo cierto es que el muchacho, por el calor insufrible que hacía, se había quitado la camiseta y estaba allí sentado, enseñando el torso como si tal cosa.

Moral victoriana aparte, la verdad es que la imagen de ese muchacho despreocupado, joven y atlético me dio la idea que necesitaba y ya antes de llegar a mi casa tenía elaborado todo el relato en mi cabeza. Escribí del tirón, y esto fue lo que salió: una historia sobre la belleza y sus siniestras implicaciones filosóficas, en el contexto de la revolución industrial y la lucha de clases.


Eikasía

Pete Brown tenía dieciséis años cuando su familia se mudó a Manchester procedente del campo al sur de Cheadle. Su padre, William Brown, antes de dejar definitivamente atrás junto a su familia la vida rural que hasta entonces llevaban, había trabajado en los muelles de Stockport y desempeñado algunos otros trabajos. A pesar de haberse devanado los sesos para complementar múltiples tareas remuneradas, no conseguía ganar lo suficiente para hacer frente a los gastos que representaba sacar adelante una familia de siete miembros. La única opción que tenían los Brown para resolver sus problemas económicos era aceptar un trabajo mejor pagado en las fábricas textiles de Manchester, a la que ya apodaban “Cottonopolis”1.
Los niños también ayudarían a sus padres desempeñando labores menores en la fábrica, y William Brown confiaba en asegurar su posición económica lo bastante rápido como para ahorrarles a sus hijos esas tareas que le desagradaban, pero que eran necesarias que realizasen para salir de aquel atolladero en el que estaban metidos. Pete, sin embargo, era un chico alto y fuerte, de facciones precisas y pelo rubio aunque algo seco y pajizo, que no temía en absoluto el trabajo manual.
Sus hermanos llegaban al pequeño hogar familiar derrengados por el duro día de trabajo, pero el padre era optimista, y sus problemas parecían ir quedando en el pasado. Poco a poco, ahorró lo bastante como para permitirse enviar a los más pequeños a la escuela, en la parroquia cercana. Al menos algunos de sus hijos varones podrían tener futuro si finalmente se decidían a hacer el seminario, pero esa posibilidad horrorizaba a Pete. Según él la vida no le fue brindada para oficiar misas, sino para aceptar sólo la materia tangible que puede ser vista y tocada, y experimentar la realidad del ahora como si cualquier otra opción fuese descabellada o antinatural. Su pensamiento era práctico, y se inclinaba por la acción frente a la reflexión, sin sacrificar el presente por el futuro.
A menudo, el padre regresaba de la fábrica por la noche y, poco antes de quedarse dormido, conversaba con su esposa y le hablaba del dueño de la fábrica, el industrial textil Carrington-Cooper, a quien todos los obreros tenían en gran estima. Aparentaba ser un hombre llano y sencillo, que, habiendo heredado un gran fortuna en su juventud, no parecía ansiar más de lo que ya tenía, y mantenía la fábrica como promesa realizada a su abuelo en su lecho de muerte. Era un hombre mayor, que sentía empatía hacia la lucha de los trabajadores por prosperar en el entorno industrial, y que se decía inspirado por Robert Owen2. A veces les hablaba de utopías y de socialismo, donde cada hombre recibe un salario de acuerdo a sus necesidades, y aunque William continuaba pensando tozudamente que el mejor salario es el ganado con el trabajo y el esfuerzo propios, debía reconocer que todo sonaba muy apetecible en los labios de ese hombre tan altruista, que sacrificaba beneficios para ofrecer a sus obreros condiciones laborales mucho mejores que las de los trabajadores de otras fábricas.
También a veces los hijos de William Brown escuchaban las historias que Carrington-Cooper contaba frente a un foro de trabajadores que él mandaba reunir, y coincidían en que las palabras que allí se vertían eran buenas y justas. Sólo Peter permanecía ajeno a ello, pues a él le gustaba el trabajo, por duro que fuera, ya que únicamente las labores que demandaban de él mayor fuerza física le resultaban gratificantes.
Cierto día especialmente caluroso del mes de julio, habiendo terminado Pete y sus hermanos la jornada, abandonaron la fábrica y se encaminaron al río Medlock, que seguía su cauce no demasiado lejos. Como estaban sucios y acalorados, decidieron bañarse en el río y disfrutar del efecto refrescante del agua. Todos se limitaron a comportarse como cualquier otro grupo de niños y batallaron en medio del río, hicieron carreras a nado, y se divirtieron probando cuál de ellos resistía mayor tiempo bajo el agua sin respirar.
Al ver que oscurecía, los muchachos abandonaron el río y regresaron a la orilla. Mientras se vestían, vieron acercarse a ellos un hombre ataviado con sombrero de copa y bastón, al que reconocieron como el señor Carrington-Cooper. El industrial, habiéndolos reconocido también mientras regresaba de la fábrica, los saludó con afecto. Aunque Pete demostraba sus escasas dotes sociales manteniéndose al margen mientras se ponía los pantalones y recogía su gorra del suelo, el anciano empresario se fijó en él rápidamente y le dirigió la palabra con un tono simpático:
—Muchacho, tienes buen porte. ¿Has servido alguna vez de modelo?
—¿Modelo para qué? –quiso saber Pete, calzándose las botas.
Los hermanos se rieron, pero el señor Carrington-Cooper esbozó una sonrisa:
—Modelo para artistas: pintura, escultura. ¿Entiendes?
Aunque Pete asintió queriendo ser educado, lo cierto es que no estaba seguro de a qué se refería su interlocutor.
—Mi sobrino –continuó Carrington-Cooper— que vive conmigo cerca de aquí, es artista. O al menos pretende serlo. Lleva un tiempo buscando algún modelo masculino apropiado. Dime, ¿estarías dispuesto a servirle de modelo? Por supuesto, te pagaríamos bien.
Pete frunció el ceño: no tenía ni idea de que tal profesión existía.
—¿Hay gente a la que pagan por… dejarse pintar? –preguntó incrédulamente.
Los hermanos cuchichearon entre sí a raíz de la extraña propuesta de trabajo que ofrecían a Pete.
—Sí. Pero no todo el mundo es digno de ser pintado, o esculpido. Pero tú… En mi opinión sería un desperdicio no aprovechar lo que Dios te ha dado.
—No creo en Dios –respondió Pete aun sin estar muy convencido.
—Aun así seguiría siendo un desperdicio –se apresuró a decir Carrington-Cooper— ¿Qué dices? ¿Aceptas?
—¿Puedo pensarlo?
—Claro. Si te decides a ello, preséntate mañana a primera hora en mi despacho y te llevaré al estudio de mi sobrino.
Dicho eso, el señor Carrington-Cooper le estrechó la mano a Pete y se despidió de sus hermanos, caminando en dirección opuesta de vuelta al ambiente urbano que rodeaba el río, hasta perderse de vista.

De vuelta en casa, los hermanos contaron a William Brown y a sus esposa la oferta que el rico industrial había hecho a Pete, y, recordando éstos que el invierno pasado habían temido lo peor al enfermar la más pequeña de sus hijas y apenas tener ahorrado lo bastante para un médico, se decidieron a animar a Pete a aceptar el trabajo y ganar algo más para la familia. El muchacho, reticente al principio, cedió finalmente y se mostró de acuerdo. Pactó con su padre que éste lo relevaría de sus tareas en la fábrica para mantener la jornada de ese día, por si el pago del trabajo para el sobrino del señor Carrington-Cooper no merecía la pena, a pesar de todas las expectativas que la familia había puesto en él. Porque, como afirmaba el padre, “de ese hombre medio santo sólo pueden venir cosas buenas”.
Puntualmente, Pete se presentó en el despacho del industrial al día siguiente en la fábrica, dispuesto a cumplir lo acordado. El señor Carrington-Cooper se mostró satisfecho y recalcó lo mucho que aquello significaba para su sobrino. Al salir de la fábrica, el empresario indicó a Pete que subiera al coche de caballos que los esperaba para llevarlos al estudio de su sobrino.
—¿Alguna vez habías subido a un coche de caballos, Pete?
—Sólo una vez al venir a la ciudad, señor. Pero no era como éste –contestó el muchacho escuetamente.
Llegaron al lugar al cabo de media hora. Se hallaba en la zona alta de la ciudad, donde todo se mantenía al margen de la suciedad industrial para mantenerse impecable y pulcro. El cochero ayudó a descender al anciano y después éste indicó a Pete por dónde seguir caminando. Siguieron un pequeño sendero que discurría entre unos álamos hasta que finalmente alcanzaron a ver un grupo de edificios de fachada neoclásica de blanco inmaculado. El estudio de su sobrino, según señaló Carrington-Cooper, era la puerta número diecisiete.  
El anciano llamó dos veces con los nudillos, pero nadie les abrió.
—Puede que haya salido a buscar inspiración –dijo el industrial, aunque Pete no estaba seguro de si lo había dicho con sarcasmo o no.
—¿Y el servicio? –preguntó el muchacho.
Sabía muy bien que un hombre de la posición de Carrington-Cooper debía tener gente a su servicio. Su madre a veces hablaba de trabajar como doncella tan pronto como se le presentara la oportunidad, para no tener que volver a poner un pie en la fábrica ni hacer labores tan pesadas.
—Oh, mi sobrino prefiere trabajar sin distracción, pero no te preocupes –respondió tendiéndole su bastón a Pete al tiempo que se inclinaba para extraer de su bolsillo un llave dorada.
Carrington-Cooper sonrió e introdujo la llave en la cerradura. La puerta se abrió con suavidad hacia dentro, y el anciano indicó a Pete con un gesto cándido que pasara al interior. Lo hizo pasar también por el recibidor y algunos pasillos hasta llegar a una estancia bien amueblada, con amplios ventanales que dejaban entrar la luz del sol fluidamente. Pete se fijó de inmediato en los muchos cuadros que cubrían las paredes. Había un número muy semejante de hombres y mujeres representados tal cual o en escenas idealizadas.
—¿A su sobrino no le parece raro pintar a hombres desnudos? –quiso saber Pete con un toque entre avergonzado e inquisitivo.
El señor Carrington-Cooper dejó su sombrero de copa y su abrigo en una percha, y luego se volvió para dedicarle otra de sus espléndidas sonrisas a Pete, una costumbre muy habitual en el anciano que estaba comenzando a molestar al muchacho.
—¿A ti te resulta raro? En mi opinión, la belleza no tiene sexo. A menudo se lo recuerdo a mi sobrino, ¿sabes? No me parece adecuado que la belleza se vea menospreciada sólo por los cánones morales imperantes.
Pete, que todavía no había ido a la escuela y no empleaba un léxico muy variado, no entendió la mitad de lo que el rico industrial le decía.
—Dime: ¿acaso no te parecen bellos los hombres que están ahí representados? –dijo Carrington-Cooper señalándole un par de cuadros en concreto.
—Supongo que a ojos de una mujer lo son.
El muchacho se volvió para seguir inspeccionando la estancia, y entonces fue cuando reparó en una suculenta bandeja repleta de frutas variadas, de todas las clases y colores, incluso algunas que Pete no conocía en absoluto.
El anciano industrial pareció darse cuenta de lo que Pete pensaba y le ofreció probar algunas.
—¿A su sobrino no le importará? –quiso saber Pete por educación.
—En absoluto –contestó el anciano—. Las tiene ahí para cuando planea dibujar algún bodegón. Pero nunca encuentra tiempo y la mayoría acaba en la basura, podridas –dijo.
La explicación pareció convencer a Pete que, con la boca hecha agua, no hizo ascos a ninguna de las frutas allí presentes, comiéndose más de las que Carrington-Cooper pudo contar.
—¿Su sobrino tardará mucho en venir? –preguntó Pete con la boca llena de sandía.
El anciano tomó asiento en un cómodo diván mientras sonreía, con esa expresión que tanto desagradaba ya a Pete. Dejó escapar una risa grave cuyo significado el muchacho no entendió.
—Bueno, lo cierto es que no he sido sincero contigo. Ese sobrino del que te he hablado no existe.
Por algún motivo, Pete comenzó a sonreír de oreja a oreja.
—¿A qué se refiere? –dijo, aunque su propia voz le sorprendió, porque su lengua se había adormilado.
Todo empezaba a dar vueltas a su alrededor.
—Podría decirse que soy un coleccionista, ¿sabes? Me gusta coleccionar la belleza allá donde la encuentro.
—¿Por eso tiene tantos cuadros…?
Pete no llegó a terminar la pregunta coherentemente, porque cayó al suelo, inconsciente.

Al despertar, se dio cuenta de que estaba dentro de lo que parecía ser una habitación pequeña que, aunque disponía de una decoración suntuosa, no dejaba de ser una especie de celda de lujo. La lengua le pesaba y tenía los labios como dormidos. Vio que estaba desnudo, y se percató también de que unos grilletes limitaban su movilidad de manera considerable.
En aquel momento se abrió la puerta de la habitación y pasó al interior de la estancia el viejo Carrington-Cooper, con una sonrisa que ya no era cándida, sino sardónica. Pete, al volver cada vez más en sí mismo, comenzó a oír sollozos y llantos, tanto femeninos como masculinos, que atravesaban las paredes procedentes de otras celdas, igualmente ocupadas por otros prisioneros.
—¿Qué pretende usted? –logró decir Pete a duras penas.
—Antes te dije que coleccionaba la belleza, pero creo que me malinterpretaste –dijo Carrington-Cooper—. La inmortalización de la belleza en obras pictóricas no es tal, sino que es eikasía3, un reflejo pálido y fútil de las cosas que son. Aquellos que se conforman con representar la belleza son aficionados que viven un engaño. ¡Eikasía! ¡Eikasía! –gritó con tono farisaico, como si denunciara el peor pecado que puede cometer un hombre.
El anciano frunció el ceño en una expresión de repugnancia y asco. Luego volvió a sonreír y se relamió de manera casi felina antes de volver caminando hasta la puerta.
—La belleza no debería ser representada, ¿sabes? Sólo debería poseerse –explicó Carrington-Cooper antes de cerrar tras de sí la puerta y dejar encerrada en aquel museo infernal a su obra de arte predilecta. 

1.  Cottonopolis quiere decir “ciudad del algodón”.
2. Junto a Saint-Simon, Robert Owen fue uno de los primeros teóricos del socialismo que Karl Marx tacharía de “utópico”.
3. Para Platón, la eikasía es la imaginación (del griego eikon: “imagen”). Hace referencia a la cualidad del artista, cuyo trabajo es representar “imágenes” o “reflejos” de los objetos que nos rodean. Es descrita como una cualidad sumamente despreciable, porque conduce a la degradación de la verdad al crear mentiras a partir de otras mentiras preexistentes (según Platón los objetos cotidianos son un reflejo engañoso de las ideas del mundo inteligible). El señor Carrington-Cooper se revela así como un fanático platónico. A través de este personaje que combina platonismo y socialismo utópico, la historia hace referencia a la relación entre los respectivos modelos político-sociales platónico y socialista.  




6 comentarios:

  1. Esta muy bien Álvaro, quién iba a pensar que al final Carrington-Cooper fuese a ser así. : )

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eso es lo que más me gusta del relato. El anciano cándido lleno de bondad que al mismo tiempo es un secuestrador sociópata y peligroso.

      En mi opinión, ese dualismo es posible porque Carrington-Cooper parece tratar a las personas bellas como obras de arte y no como seres humanos.

      Eliminar
  2. Me ha gustado, Álvaro: un relato breve y fiel a tu estilo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias. La verdad es que cuando se tiene inspiración es fácil escribir, pero con todo lo de Selectividad y final de Bachillerato no me ha surgido ninguna buena idea hasta ahora.

      Espero que después de Mollina 2.0. vuelva a escribir como un reloj :)

      Eliminar
  3. Ha estado bien, como siempre introduces un cierto sentido filosófico a la obra. El fallo lo veo en que no queda muy claramente marcada la relación entre el socialismo y el platonismo, al principio de la obra se ve que el hombre es socialista y luego se descubre que también es platonista, pero no hay nada que sea un punto de unión entre estas dos facetas de su vida. Por cierto, pásatelo bien en Mollina.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo que quería dar a entender al final del relato, es que el hombre no es socialista Y platonista, sino que es socialista por ser platonista. En aquella época el socialismo marxista estaba en pañales y el único socialismo era el que Marx llamó después "utópico". En su mayoría, los impulsores de este movimiento eran personas o de valores cristianos o muy comprometida con otras ramas filosóficas que ya proponían una desaparición de la propiedad privada o su sometimiento a las necesidades del colectivo. El platonismo es una de estas filosofías.

      En Mollina hemos estado genial, pero como bien sabes nada dura eternamente... ¡Melancolía, allá voy!

      Eliminar