No os asustéis, no me he colado :)
Soy Raquel Villaseca ("La Villa") pero como voy a cambiar de cuenta de google, pues me he tenido que autoinvitar.
El caso es que estos últimos meses no he podido participar de forma activa, pero confío en que esto cambie pronto. Por el momento os dejo la introducción de mi nueva novela y el enlace en el que la iré publicando.
Y entonces miré al cielo, y vi las estrellas, millones de estrellas. Y me sentí tan diminuta, tan sola...
Mi vida había cambiado en cuestión de días al perder a mis padres, dejando en mi corazón un inmenso agujero que se hacía más y más grande con cada palpitación. Porque ya nada me anclaba al mundo tal y como lo conocía. Y alguna vez pensé en irme, cerrar los ojos y morir en paz. Porque no quedaba nada por lo que luchar. Pero antes, antes de dejar a mi alma volar y librarme de mis ataduras mortales. Antes, debía cumplir el último deseo de mi padre, debía viajar a Marte.
¿Para qué? Aún no lo sé, pues nunca me dio explicación alguna. A lo mejor quería que yo tuviese aquél recuerdo, o que hiciese algo grande en la vida. O, simplemente, que fuese la primera mujer en hacer algo semejante, en viajar al espacio.
Y lo iba a hacer, yo, Valentina Tereshkova. No sabía como, ni cuando, pero estaba segura de que sería una gran aventura.
http://enbuscadelsollavilla.blogspot.com.es/
lunes, 18 de marzo de 2013
domingo, 17 de marzo de 2013
Los señores de las arenas
Los señores de
las arenas
_____
Álvaro Pavón
Romero
Hace
dos mil años, la otrora noble y orgullosa tierra de Egipto había entrado ya en un
periodo de decadencia; era el ocaso de la civilización que construyó las
pirámides, domesticó el Nilo y extendió un vasto imperio bajo el mando de reyes
divinos y dioses encarnados, dueños de todo cuanto existía bajo el sol. Hacía
ya cien años que no gobernaba un auténtico faraón indígena, siendo sustituidos
por regentes extranjeros, primero persas, y luego monarcas de melindrosa y
refinada cultura helénica.
En
este contexto de declive y postración, vivió un sacerdote de Re, un historiador
destacado que ha pasado a la historia con el seudónimo de Manetón, aunque su
verdadero nombre –se especula– debió ser Merydjehuty, esto es, “Amado del dios
Thoth”. Su obra maestra, Aegyptiaca,
nos ha llegado por medio de autores posteriores como el romano-hebreo Flavio
Josefo o el bizantino Jorge Sincelo, y consiste en una lista cronológica de
todos los reyes de Egipto, ordenados por dinastías. Sin embargo, la obra está
fragmentada y se supone que fue alterada a lo largo de los siglos debido a las
“batallas” culturales entre autores semitas y antisemitas.
En
1912 se formó en El Cairo un pequeño grupo elitista compuesto de varios lores y
aristócratas británicos interesados por la civilización egipcia. Uno de ellos, un
tal Neville, excavó las ruinas de un antiguo templo dedicado al dios Onuris-Shu
en el que Manetón había servido como sacerdote, al este de la ciudad de Sais, en
Sebennytos. Accidentalmente, Neville halló una cámara secreta bajo el altar del
dios mayor, en cuyo interior se albergaban varios nichos y algunos amuletos
menores, pues hacía tiempo que el lugar había sido ya saqueado. No obstante, en
uno de los nichos, semi oculto por el polvo y la arena, se encontró una serie
de pergaminos, que narraban una historia usando el griego del periodo
ptolemaico. Al estudiarlo, Neville confirmó que el estilo y las formas
gramaticales eran las propias de Manetón. Antes de mostrárselo a sus compañeros
y a la comunidad arqueológica, se consagró a su estudio y traducción por
completo. Habiendo regresado a su apartamento en El Cairo, Neville se
enclaustró junto a diccionarios y gramáticas del griego clásico y enciclopedias
de la época helenística. Un muchacho árabe llamado Muhammad le traía
diariamente el almuerzo y la cena, pero aparte de él, Neville no tuvo contacto
con nadie más en meses.
El
relato que narraban los pergaminos aparentaba ser un prólogo mítico a la Aegyptiaca; contaba la historia de una
especie prehistórica de coleópteros gigantes que pobló la tierra de Egipto
hasta aproximadamente el año 3000 a.C. Como en la Aegyptiaca, Manetón había redactado cronológicamente los hechos
relevantes acontecidos durante el reinado de cada uno de sus reyes, a lo largo
de tres milenios de historia, hasta su definitiva extinción fruto de las
guerras civiles, los conflictos internos, y las incursiones humanas procedentes
del Sahara. Estas criaturas se asemejaban a gigantescos escarabajos peloteros,
el doble de altos que un hombre adulto, de caparazones tan gruesos y
resistentes como escudos de hierro forjado, y colmillos, cuernos y apéndices
afilados, precisos y mortales. Su origen es desconocido; ¿tal vez fueran los
últimos vestigios de un viejo orden,
cuando los insectos eran grandes como ferrocarriles y dominaban el mundo,
durante el Silúrico, Ordovícico, Carbonífero…? ¿Una especie superviviente de
insectos mutantes o una muestra de gigantismo genético? Quién sabe.
Todo
comenzó aproximadamente en el 6000 a.C, cuando esta especie extraordinaria ya
había desarrollado un lenguaje, religión y cultura propios. Se llamaban a sí
mismos los ba-jeper –“alma del escarabajo”–, aunque en la obra se los menciona como
“señores de las arenas”; por aquel entonces se repartían de manera nómada por
las riveras del Nilo. Manetón habla de cuatro reyes pre-dinásticos: Kemej,
Anpu, Apep y Tybys, que gobernaban cuatro tribus distintas de su pueblo.
Durante los siglos anteriores, habían estado en guerra por los recursos del
país, intentando imponer su propio panteón de dioses al resto de su especie.
Kemej fue el primero en sugerir la unión de todas las tribus de señores de las
arenas en un único gran imperio, que teorizó llamándolo Kemt, que en su lengua
significaba “tierra negra”, por el color que adoptaban los márgenes del Nilo al
desbordarse éste cada año.
Quinientos
años después, un señor de las arenas llamado Wesretjau, sumo sacerdote del dios
Re y señor de la guerra, hizo realidad el ideal presagiado por Kemej y unificó
las tribus de ba-jeper bajo su imperio, estableciéndolas de modo sedentario en
las tierras fértiles junto al Nilo. Se proclamó Gran rey-sacerdote y adoptó los
nombres de Kheperre y Wahnesytmireempet, esto es, “Escarabajo de Re, Duradero
en su reinado como Re en el cielo”. Sus súbditos lo conocieron desde entonces
en adelante como Kheperre I, señor de los destinos de Kemt y encarnación
viviente de los dioses. En años venideros se convirtió en héroe nacional y se
le veneró como a un dios, prolongándose su culto más allá de su muerte. Poco o
casi nada más se sabe de su vida personal; como otros muchos grandes líderes de
la historia, los detalles de su vida han sido desplazados por el mito de su
grandeza y divinidad.
Habiendo
asegurado su dominio absoluto a lo largo del Nilo y desde las montañas de Libia
hasta Arabia, Kheperre I organizó el Imperio de Kemt y ordenó la construcción
de la Ciudad-Templo de Hutkajeper –“casa del ka (es decir, espíritu) del
escarabajo”– que convirtió en capital de su reino y desde donde gobernó con
poderes ilimitados durante más de cincuenta años. Sin embargo, al acercarse el
momento de su muerte, el monarca creó un órgano legislativo, el Pesedyet o
Consejo de los Nueve, reformando el gobierno de Kemt en una especie de aristocracia
dinástica: los nueve miembros del consejo tenían la potestad sagrada de
redactar las leyes del reino y encargarse de su correcta administración. Al
morir Kheperre, los Nueve se arrogaron la función de elegir de entre ellos, por
inspiración divina, a un nuevo rey-sacerdote de Hutkajeper –Nesum-Wnut–. Se
iniciaba así la Primera Dinastía de Kemt, y un periodo de gran paz y
tranquilidad. En un principio, el rey-sacerdote adoptaba el nombre de Rahotep
–“el dios Re está satisfecho”–. Siguieron esta tradición todos los gobernantes
de la Primera Dinastía: Rahotep I, Rahotep II, Rahotep III y Rahotep IV; pero,
con el paso de los siglos, cada rey-sacerdote terminó por escoger un nombre
relacionado con el dios o misterio religioso que más reverenciase su pueblo en
ese momento, añadiendo casi siempre las partículas –hotep, “el satisfecho”, o –jufu,
“me protege”: el primer rey de la Segunda Dinastía fue Ra-jufu I, seguido por
Rahotep V, Imhotep I, Imrehotep I e Imrehotep II, mostrando que Re y Amen
(Imun), eran el foco de adoración de los señores de las arenas.
Durante
la III Dinastía, los reyes-sacerdotes se identificaron con el dios Atem
(Itemu). Fue una etapa de progreso e
ilustración, durante la que no se vio alterada la deriva natural del Imperio
hacia la paz, la tranquilidad, la prosperidad y el bienestar. Las Ciencias
experimentaron un gran auge: los señores de las arenas eran matemáticos,
astrólogos, arquitectos y médicos experimentados, y cuyos descubrimientos e
invenciones eran extraordinarios: la rueda, la cuña, la palanca, la rampa y la polea.
Las Humanidades también tuvieron su cénit durante este periodo con la aparición
del lenguaje escrito. Todo ello, se dice, fue creado por el hombre alrededor
del tercer milenio a.C. o más tarde incluso, y sin embargo, los señores de las
arenas adelantaban a la Humanidad por milenios.
En
año 4850 a.C. aproximadamente, moría de manera inesperada Itemu-jufu I. El
Pesedyet eligió como sucesor a su visir, el joven Nebmaatre, fundador de la IV
Dinastía. Éste adoptó los nombres de Rahorajtyhotep Sejempahtydjeserjaw
–“Horizonte sagrado de Re, Poderoso en su fuerza, Sagrado en su apariencia”– y
gobernó durante cien años – su reinado es el más largo de la historia de los
reyes de Kemt. Trajo la fortuna y la abundancia al Imperio como nunca antes se
había visto, gracias a su espíritu emprendedor y aventurero: ordenó la
exploración del río Nilo hasta las
entrañas del continente africano, y potenció el comercio dando a sus súbditos
la libertad económica necesaria para organizar sus propios negocios. Los
ba-jeper entraron en contacto por primera vez con las tribus humanas africanas
procedentes del Sahara y Nubia, y establecieron buenas relaciones comerciales
mutuamente beneficiosas. El mercado de Kemt se vio desbordado por productos
procedentes de todos rincones de África, Arabia y el Mediterráneo: inciensos,
oro, metales preciosos, telas y víveres exóticos, a los que el pueblo tuvo
fácil acceso gracias al mercado desregulado y reducidos impuestos. El bienestar
alcanzado fue tan alto, que los ba-jeper aumentaron en tamaño y altura y
doblaron su esperanza de vida.
El
gobierno era eficiente y preciso; los funcionarios, trabajadores y diligentes;
y la justicia, imparcial y efectiva. Nunca desde tiempos de Kheperre los señores
de las arenas habían querido tanto a sus dirigentes. Los súbditos de Rahorajtyhotep
comenzaron a llamarlo Kamaatre, que significa “espíritu de la justicia de Re”,
y, a su muerte, lo añadieron con ese nombre al panteón egipcio como una deidad
menor de la abundancia, el bienestar y el gobierno justo. El lema persona de
Rahorajtyhotep fue Anj Wedja Seneb,
que se traduce como “vida, prosperidad, salud”. Con el tiempo, casi todos los
reyes-sacerdotes adoptaron esa frase como su sello real y, eventualmente, lo
heredaron los sucesores humanos de los señores de las arenas.
Usirhotep
I fue el siguiente en heredar el gobierno de Kemt, y durante cincuenta años
prolongó el bienestar y la paz que su predecesor había logrado. Tras él, el
Pesedyet eligió a su jovencísimo hijo, que reinó con el nombre de Horhotep I y
cuyo dios predilecto fue el celestial Horus. Sin embargo, malas influencias
pervirtieron las buenas intenciones del inexperto monarca, y éste, aconsejado
por individuos despreciables, comenzó a conceder favores y monopolios, tanto
políticos como comerciales. El rey-sacerdote había sido convencido de que sólo
así, centralizando el poder de manera efectiva, podría superar el buen gobierno
de sus antecesores. No obstante, las medidas y políticas del rey fueron mal
acogidas por el pueblo, que vieron aquellas concesiones particulares como un
negocio del que se lucraban injustamente aquellos que gozaban de influencias.
El nepotismo tuvo un gran auge y ello provocó la caída del gobierno al tiempo
que Horhotep fallecía en extrañas circunstancias a una edad muy temprana.
Lo
sucedió su tío, Kanajt, que tomó el nombre de Sutyhotep Setenpenre –“el dios
Seth está satisfecho, Elegido de Re”–, adoptando como patrón del reino a Seth,
dios del desierto, la tempestad y el caos. Sólo con eso, sus intenciones
parecían ya no ser demasiado pacíficas. En vez de paliar los casos de
corrupción del gobierno, el nuevo rey-sacerdote distrajo la atención del pueblo
creando un enemigo extranjero imaginario, culpabilizando a las tribus humanas
que vivían de manera nómada al oeste del Imperio, en el Sahara. Sutyhotep
dirigió el primer gran ejército de Kemt y extendió sus dominios más allá de
Saqqara, arrasando con todo cuanto hallaba a su paso. Intentando defenderse,
los humanos respondieron a los ataques penetrando en el reino por el sur y
realizando incursiones de poca envergadura contra diminutos asentamientos
fronterizos. A pesar de su insignificante importancia, estos ataques
esporádicos de táctica guerrillera legitimaron las acciones de Sutyhotep a ojos
del pueblo de Kemt.
El
rey-sacerdote esclavizó a muchos de estos humanos que antes, durante el reinado
de Rahorajtyhotep y sus sucesores, habían sido atraídos a Kemt por la
prosperidad del Imperio y por las oportunidades comerciales. Estos esclavos se
convertirían con el tiempo en los primeros egipcios, adoptando el idioma,
religión y cultura de sus amos. Una vez los señores de las arenas se hubieron
extinguido, los humanos perpetuaron su legado, pero siempre recordaron al dios
Seth como una deidad perversa, pues éste había sido el emblema del
rey-sacerdote que los había esclavizado originalmente.
Sutyhotep
guerreó durante toda su vida y reforzó las fronteras de su reino, convirtiendo
Kemt en una gran potencia militar y en un bastión inexpugnable para sus
enemigos. Sin embargo, la administración económica de su reinado no fue
demasiado buena: el comercio desapareció y el mercado quedó subordinado a las
necesidades bélicas; los impuestos aumentaron astronómicamente y los pequeños
productores se arruinaron, por lo que el Estado se tuvo que hacer cargo de las
antiguas funciones ejercidas por la iniciativa particular. Conforme la pobreza
y la miseria productivas aumentaban, el reino pasó a obtener sus ingresos
esencialmente de los botines de guerra y del saqueo, y del trabajo de los
esclavos. Para financiar sus inútiles y megalómanas campañas militares, el rey
se vio obligado a clausurar el culto religioso y a cerrar los templos,
acaparando todas las riquezas disponibles; y, cuando ni siquiera eso bastó, se
decía que Sutyhotep había forzado a sus hijas a prostituirse con el fin de
conseguir fondos para continuar sus expediciones bélicas.
Kemt
quedó sumida en la indigencia y las penurias constantes. Tras varias hambrunas
y rebeliones incitadas por el clero ultrajado, Sutyhotep optó por reprimir
violentamente a la población, convirtiendo su reino en un Estado policial en el
que los ciudadanos eran prisioneros. Aunque durante todo su gobierno el rey
conservó el apoyo del Pesedyet que lo había elegido, cuando ya se hizo mayor y
sus días de gloria llegaban a su fin, Sutyhotep amenazó con disolver el Consejo
de los Nueve y convertir su Imperio en una monarquía hereditaria. El Pesedyet
no toleró aquello y, con el apoyo del clero y el pueblo, derrocó al déspota,
poniendo en su lugar a Horhotep II como nuevo rey-sacerdote. El antiguo monarca
permaneció en prisión un par de años más antes de que le sobreviniera la
muerte.
A
Horhotep II lo sucedió Horhotep III, y tras largos años de reinado en el que
pacientemente reconstruyó el Imperio y sanó la sociedad civil, restaurando el
culto y el comercio, el monarca murió en la tranquilidad de creer haber acabado
con toda clase de amenazas internas. Por desgracia, sus descendientes vivirían
lo bastante como para presenciar el alzamiento de una nueva secta muy popular:
el Culto Mortuorio. Los orígenes de este culto se remontan a la V Dinastía de
Kemt, durante el reinado de Horhotep IV y Horhotep V. Sus miembros eran
seguidores de los misterios de los dioses Anpu (Anubis) y Nebthet (Neftis), patronos de la muerte y
los procesos de embalsamamiento; y realizaban sus rituales y ofrendas en la
soledad de las necrópolis suburbanas.
Poco
a poco, el Culto Mortuorio, dedicado a la tarea de embalsamar los cuerpos de
los difuntos y prepararlos para la vida eterna, ganó muchos adeptos entre el
pueblo y la corte. Durante el reinado de Horhotep VI, el Pesedyet reconoció
finalmente la autoridad religiosa de su sumo sacerdote, Jnumtanpu. Horhotep VI,
como sucesor divino de Kheperre y del dios Re, no quería que el Culto le
usurpara autoridad y por ello decidió proclamarse cabeza dirigente del mismo.
La idea del rey-sacerdote era influir en el culto para reducir su influencia,
pero más bien sucedió al contrario. Su sumo sacerdote, Neferjepernebthet
Netjeretjau Jnumtanpu –“Bella es la forma de la diosa Neftis, Divino en
apariencia, Unido al dios Anubis”– fue un longevo señor de las arenas de
turbias intenciones, cuyo fin último era, por un lado, hacerse con el poder en
Kemt, y por otro, descubrir el secreto de la vida eterna por medio de oscura
investigaciones. Jnumtanpu logró hábilmente hacer que la influencia de su culto
creciera hasta límites insospechados. Con la muerte de Horhotep VI, los
reyes-sacerdotes se convirtieron en fervientes seguidores de la doctrina del
Culto y en muchos casos nombraron visires a miembros de su sacerdocio. Para
cuando Jnumtanpu murió, el Culto había ya emplazado a dos de los suyos como
reyes-sacerdotes: Anpuhotep I y Anpuhotep II, fundadores de la VI Dinastía.
Ambos habían sido iniciados en el culto y, llegados al poder, lo beneficiaron
políticamente.
El
nuevo sumo sacerdote del Culto Mortuorio fue el aprendiz y discípulo de
Jnumtanpu, Neferjeperre Netjeretjau Djehutyemsaf –“Bello es el dios Re, Divino
en apariencia, el dios Thoth me protege”–, de quien se decía que era un
hechicero magistral y un nigromante experimentado. Éste tenía gran influencia
entre los señores de las arenas y formaba parte del Pesedyet. Tras el
fallecimiento de Anpuhotep II, logró que el consejo nombrara rey-sacerdote a su
hermano mayor, Atahf, que adoptó el nombre de Neferjeper Wesretjeperre –“Bello
escarabajo, Poderoso es el dios Re”–, y quien en gratitud benefició tanto
política como económicamente al Culto Mortuorio más allá de límites
insospechados. Algunas malas lenguas insinuaban que quien verdaderamente
gobernaba Kemt no era Atahf, sino su hermano Djehutyemsaf.
Atahf
I fue un rey muy devoto; bajo su gobierno, se exacerbó la deriva que se había
experimentado durante el reinado de sus predecesores: los ba-jeper comenzaron a
descuidar sus antiguas tradiciones y se obsesionaron con el Más Allá y la vida
eterna, rindiendo un fanático culto a los dioses Neftis y Anubis, relegando al
resto de deidades a un segundo plano. Todos los señores de las arenas se
preocuparon por la adecuada preservación de sus restos y gastaron fortunas en
la construcción de magníficas tumbas, de manera que las necrópolis acabaron por
ser más grandes que las ciudades de los vivos; los complejos funerarios
crecieron hasta alcanzar dimensiones ciclópeas: cenotafios, mastabas, pirámides
escalonadas, templos, tumbas, y demás construcciones mortuorias fueron
equipadas con mayores comodidades que los palacios de Hutkajeper; las pirámides
se elevaban cientos de metros hacia el cielo, y grandes puentes las unían entre
sí, como para permitir a los difuntos visitar a sus vecinos en la muerte. La
medicina se olvidó de los vivos y pasó a orientarse al cuidado y preservación
de los cadáveres: los muertos se momificaban siguiendo la tradición de
embalsamar los cuerpos, y se enterraban rodeados de todo tipo de confort: oro,
joyas, perfumes, alimentos, bebidas, mascotas y criados terminaban acompañando
a sus dueños en su viaje al Más Allá.
Por
todo ello, Atahf I pasó a la historia como uno de los reyes-sacerdotes más
incompetentes de Kemt, al malgastar todos los recursos de su pueblo en grandes
necrópolis antes que emplearlos en mejorar la vida de los vivos. Mientras
tanto, el culto se inclinó por ramas de la magia más oscuras, y la nigromancia
se convirtió en la disciplina predilecta de sus sectarios. Djehutyemsaf empleó
estos conocimientos malignos para lograr destilar el elixir de la inmortalidad;
no obstante, antes de que pudiera compartir su descubrimiento, fue asesinado
por su discípulo más aventajado, Djehutyanj, quien quería apoderarse en
exclusiva del secreto de la vida eterna. Tras la muerte de Djehutyemsaf, lo sucedió
como sumo sacerdote su rival dentro del culto, Menjeperre. Sin el apoyo
incondicional de su hermano, Atahf perdió su influencia entre los miembros del
Culto Mortuorio. Al poco tiempo, cuando el monarca se reveló como un lastre
para los objetivos del culto, Menjeperre lo hizo asesinar, y gracias a sus
influencias entre el Pesedyet, consiguió que lo nombraran nuevo rey-sacerdote
bajo el nombre de Anjatem I. Durante su reinado, el gobierno de Kemt y el Culto
Mortuorio estuvieron tan inextricablemente unidos que casi todos los señores de
las arenas profesaban de un modo u otro sus misterios.
Cuando
Anjatem I aparentó conspirar para perpetuar su dinastía en el poder y disolver
así el Pesedyet, el consejo respondió ordenando su asesinato. Con la repentina
muerte del rey, la fiebre religiosa que había hecho presa de Kemt durante cerca
de dos siglos pareció desvanecerse un poco, y los Nueve se dieron cuenta de la
terrible época de crisis y miseria que había traído consigo la VI Dinastía. Los
dos últimos reyes habían sido especialmente ineptos como gobernantes a pesar
del poder casi absoluto que esgrimían. Se sucedieron las hambrunas y el pueblo
se mostró poco conforme respecto a la autoridad ejercida por el Culto en las
acciones de gobierno. Un sacerdote de Re llamado Nefjeperre fue elegido nuevo
monarca con el nombre real de Ra-jufu II. El nuevo rey trató de aliviar la
situación de crisis reavivando los misterios de Re y recortando drásticamente
el poder del Culto Mortuorio. Su sucesor Hut-Horhotep I siguió esa política sin
verdadero éxito.
En
el 4000 a.C., el Pesedyet eligió por última vez a uno de los suyos, Usermaatre,
como rey-sacerdote legítimo de Kemt. Desesperado por devolver la prosperidad al
reino, el joven Usermaatre decidió cambiar su nombre a Imratem Urmshetep
–“Amen, Re y Atem unidos, Grande es quien trae la paz”– para evocar en su pueblo
recuerdos de dioses benévolos y deseos de paz. Su estrategia fracasó al
intentar bloquear la autoridad del Culto Mortuorio clausurando sus templos,
puesto que los sectarios se rebelaron, oponiéndose a su gobierno. Como
resultado, estallaron las riñas y la guerra civil se extendió por todo el país,
volviendo unas ciudades contra otras por el control de los limitados recursos y
provisiones. Tras la muerte del monarca y la devastación de Hutkajeper, el
Imperio de los señores de las arenas se disolvió y el Pesedyet, dividido por
las disputas internas, no volvió a elegir a un nuevo rey-sacerdote. A raíz de
todo esto, los humanos volvieron a penetrar con facilidad hasta el interior del
ancestral reino, ofreciendo su ayuda como mercenarios a quien mejor pagase. Con
el paso de los años y sin que los conflictos se solucionasen, los humanos se
rebelaron contra aquellos que los habían contratado, y los señores de las
arenas restantes no pudieron hacer frente a la creciente marea de la Humanidad.
Finalmente, toda su especie se extinguió y los egipcios se autonombraron
señores de Kemt.
Según
las dataciones de Manetón, para cuando la especie humana aprendió a utilizar el
bronce en la fabricación de herramientas, Kemt era ya un mito lejano. No
obstante, el autor ofrecía pruebas de lo que relataba al proporcionar
coordenadas geográficas que situaban en Saqqara las ruinas funerarias de los
antiguos señores del Nilo, donde, bajo una megalítica mastaba de ciclópea
sillería, aún descansaban los secretos de estos olvidados semi dioses.
Neville
comentó sus descubrimientos al resto de sus colegas, a quienes confió el
valioso libro hallado en Sebennytos antes de partir solo en dirección a
Saqqara. Lo que encontró en aquella mastaba de fría piedra caliza en mitad del
desierto, o si encontró siquiera el lugar indicado, nadie lo sabe, pues el
prometedor egiptólogo no retornó jamás, y el libro escrito por Manetón se
perdió durante los combates de la Primera Guerra Mundial.
Nefenebunetjer
Hekaparaa Hymaatre Merydjehuty Nejtneheh Merynetjert Menejmarajtre, a 17 de
marzo de 2013.
domingo, 10 de marzo de 2013
¿Quedamos... o qué?
Ya propuse los días 15, 16 y 17 (el fin de semana que viene) para vernos en Sevilla, al menos los sevillanos.
Marta ha dicho que por ella vale y Myriam prefiere cambiar la fecha para el sábado 23, porque hasta entonces está ocupada.
¿Qué decís los demás? ¿Podríais o no podríais?
P.D: Si se os ocurre alguna actividad interesante a parte de lo típico (ir al Fnac, a comer y cosas así), os pido que lo propongáis. Estamos abiertos a cualquier idea.
Marta ha dicho que por ella vale y Myriam prefiere cambiar la fecha para el sábado 23, porque hasta entonces está ocupada.
¿Qué decís los demás? ¿Podríais o no podríais?
P.D: Si se os ocurre alguna actividad interesante a parte de lo típico (ir al Fnac, a comer y cosas así), os pido que lo propongáis. Estamos abiertos a cualquier idea.
viernes, 8 de marzo de 2013
Habemus cadáver virtual
Me alegra comunicaros de que por fin hemos finalizado nuestro cadáver exquisito. Aquí os lo dejo para que lo leáis. Espero que os guste.
***
Subió las escaleras deprisa, había soñado durante años con
aquel momento, años que le habían parecido siglos, o tal vez tan solo minutos.
¿Cómo saberlo? El calendario del corazón es demasiado impreciso como para saber
nada. Lo único que importaba ahora era
finalizar la misión antes de que Ferhest llegara.
Y Ferhest llegó con su aliento nórdico. Trajo todos
los poemas que tenía pensando susurrarme y en mi mesita seguía el sobre con las
directrices a seguir. Pero él trajo consigo el frío que congeló toda mi
inquietud; averiguar la matrícula no importaba si podía observar la flacidez de
Ferhest sobre el edredón.
"Si
hubiera sabido que el armario estaba lleno de polillas, me hubiese ocupado
personalmente de limpiarlo a fondo. En momentos así me acordaba de mi madre y
de su manía de cambiar los abrigos de sitio 'para que se desprendan las cenizas
de mariposa'. Curiosa forma de llamar al polvo. "
¿Para qué? Polvo eres, y en polvo te convertirás.
Todos lo saben. Excepto esa pobre mariposa agonizando en el hermoso fuego del
mal mientras se consume a sí misma. Las cenizas no son más que recuerdos de
belleza, mientras que la belleza, comparada con el dolor, no es nada.
Siempre
se me dijo que la belleza era efímera, que nada realmente bello era capaz de
permanecer mucho tiempo en la existencia. Sin embargo, solo Dios sabe la de
millones de toneladas de granos de arena que pasaron por mi reloj para que el
dolor de aquellos días se desvaneciera.
¡De
relojes y su mecánica quise yo entender, irrisorio soñador! Soy quien robó un par de besos sentados al borde de una
manecilla, quien fantaseó con dejarse atravesar por las agujas ― ¡ella por el
minutero, por el horario yo!― para perpetuarse. ¡Sabré bien hoy que aquello es
pretérito!
Y aun
así sigo volviendo sobre lo mismo una y otra vez. ¿Cuándo voy a aprender? Miro
alrededor en busca de una solución, pero solo encuentro la risa burlona de la
lluvia a través de la ventana. Hoy es uno de esos días en los que es mejor no
levantarse.
jueves, 28 de febrero de 2013
¿Quedada, encuentro?
Entiendo que todos estemos ocupados en distintas tareas, principalmente estudiando a fondo y eso; sin embargo, los sevillanos al menos deberíamos ir pensando en hacer una quedada.
Este puente no podría ser. Creo que sería un poco precipitado, y probablemente ya hayáis hecho planes por vuestra cuenta. Yo por ejemplo tengo que ir a Cádiz a ver a mis abuelos.
El fin de semana siguiente me parece improbable, ya que son las últimas semanas del trimestre y todos los que estudiamos bachillerato estaremos hasta arriba de exámenes. Yo al menos lo estoy: tengo que estudiar para siete asignaturas distintas en una misma semana y debo gestionar mi tiempo lo mejor que pueda.
¿Qué os parece el fin de semana antes de las vacaciones? Viernes 15, sábado 16 y domingo 17 de marzo. Uno de esos días deberíamos vernos en Sevilla, ir a Fnac y a algún sitio a comer, y eso. Tal vez al cine, si pudiera ser, aunque sería mejor pensar en alguna actividad que concuerde con nuestra reputación de escritores y lectores intelectualoides ; P
Id pensando y comentad a ver quién podría ir y quién no. También proponed actividades que nos interesen y que creáis interesantes, como la última vez.
Un abrazo!!
PD: A pesar de ser terriblemente individualista y rechazar colectivismos de toda clase, como todos somos andaluces, os deseo un feliz día de Andalucía y un provechoso puente. ¡Escribid mucho!
sábado, 23 de febrero de 2013
Distancia.
Buenas ^^
Pues me pasaba por aqui para ayudar con esto de revivir el blog. Os dejare un pequeño relato y haber si os gusta, aunque no creo que sea muy bueno, pero al menos colaboraré un poco con el blog :) Tambien para que me deis vuestra opinión.
Otra cosa, felicidades a los que habéis ganado algún concurso, y a los que vais a estar este año en el Celulaj, os echaré de menos :'(
Y haber si dejais caer por aquí vuestras obrillas que hay gente (como yo) que quiere leerlas!
Pues me pasaba por aqui para ayudar con esto de revivir el blog. Os dejare un pequeño relato y haber si os gusta, aunque no creo que sea muy bueno, pero al menos colaboraré un poco con el blog :) Tambien para que me deis vuestra opinión.
Otra cosa, felicidades a los que habéis ganado algún concurso, y a los que vais a estar este año en el Celulaj, os echaré de menos :'(
Y haber si dejais caer por aquí vuestras obrillas que hay gente (como yo) que quiere leerlas!
Distancia:
Palabra mal definida como espacio entre dos puntos.
«Distancia: Motivo
por el que te siento lejos a cada minuto de mi existencia, pero que
no hace que te quiera menos sino que te piense más.»
Firmado, Martín.
La estación estaba
abarrotada y el ambiente muy cargado. Solo unos minutos más para que
su tren saliera. Se pasó la mano por la frente... el calor hacía
que la ropa se le pegara al cuerpo.
Estaba incómodo, no
podía contener las ganas de gritar... se le cayó varias veces el
móvil. Los nervios le estaban jugando una mala pasada. Algunas
personas seguían sus movimientos y murmuraban comentarios que a
Martín le traían sin cuidado. Apretó los puños y se concentró en
recordar su voz, aquella voz tan bonita y dulce que le enamoraba.
Sonrió vagamente, no la había olvidado pero sí que la extrañaba
un poco. Se acordó de que muchas veces en mitad de la noche la había
llamado simplemente por escuchar su voz...
Aquello era un sueño que
se tornaba pesadilla y pocas veces, como hoy, su pesadilla se tornaba
sueño por unas horas... solo por unas horas. ¿Qué haría cuando la
viera? Quizás la mirara o le sonriera, dos besos, un beso, un
abrazo, no sabía. Lo que surgiera en el momento, acabó obviando. La
vista se le nubló un poco... se echó en su asiento e intentó
disfrutar del viaje.
Minutos más tarde se
encontró revisando la hora. Que lentos pasaban los segundos en estos
casos... Tanto tiempo teniéndola lejos, añorándola, viéndola
únicamente por una pantalla de ordenador... Puta distancia, soltó
en su cabeza. Y la insultó durante un rato. No llegaba a
reconfortarle pero al menos le mantenía distraído. Todo había
comenzado hacía dos años, y desde aquel verano que comenzaron a
salir se veían de vez en cuando, entre trimestres... Pero era
demasiado tiempo, quiso gritar Martín. ¿Cómo se podía soportar
tener tan alejado de él a la persona por la cual los días eran
diferentes y amenos? ¡Cuántas veces se había planteado que aquella
relación no merecía la pena! Pero no era verdad... sí que merecía
la pena, porque como una vez le dijo aquella chica tan especial “Si
te hace feliz, entonces vale la pena.” La distancia se le antojaba
como un escueto muro que se cernía entre ellos dos,
indestructible... Y los dos se encontraban desnudos frente a ese
muro. No podían hacer nada contra él.
Notó como la gente le
seguía observando, no los culpaba, el tren se le hacía demasiado
aburrido a cualquier persona. Entre los pasajeros, la mirada atenta
de un niño lo cautivó. Tenía unos grandes ojos azules, el pelo
corto castaño oscuro y sonreía de forma singular. Ante el rostro de
aquel pequeño, Martín no pudo más que sonreír. La expresión de
los ojos del chico le recordaba a Valeria y el azul a los suyos; la
sonrisa, los labios y el color de pelo también a ella. Podría haber
pasado perfectamente por su hijo, pensó. Pero ellos todavía eran
muy jóvenes, apenas tenían diecisiete años. Con una mirada
silenciosa y cuando menos curiosa, el niño siguió observándolo,
pero esta vez él también le observaba. No supo con exactitud en qué
momento el pequeño comenzó a dormir en el hombro de su madre, pero
minutos después Martín también cerró los ojos. Deseó con todas
sus fuerzas que el lugar vacío a su lado estuviera ocupado por
Valeria y sonrió como tonto con la idea de apoyarse en su hombro
para dormir... Pero el asiento siguió vacante.
Sin darse cuenta fue
cerrando los ojos, mientras caía ligeramente en el asiento libre de
un modo casi infantil y antes de quedar profundamente dormido, deseó
con todas sus fuerzas que cuando volviera a abrir los ojos se
encontrara al lado de aquella chica a la que quería por encima de un
puñado de kilómetros.
«Distancia: Son
kilómetros, kilómetros y más kilómetros... malditos kilómetros
que, entre otras cosas, me impiden abrazarme a ti...»
Firmado, Valeria.
Odiaba el rugir del motor
del coche antiguo de su padre.
- Papá, ¿por qué no dejamos ya este coche viejo y nos compramos otro?
No lo entendía, no
tenían problemas de dinero, ni les encantaba aquel coche. Lo observó
durante un rato. Que simple era... verde oscuro, mala tapicería,
rayones por todos lados, algún que otro pequeño bollo, modelo muy
anticuado, la radio estaba rota y los asientos destrozados por el
tiempo.
- Valeria, ya hemos hablado de esto – dijo mientras paraba a repostar gasolina.
- Pero papá, no te entiendo – se indignó su hija.
El padre apretó los
dientes y se limitó a no contestar. Pensó de nuevo en su mujer y le
costó reprimir las lágrimas... ¿Cuántos besos habían llenado
aquel coche? Demasiados, se contestó a sí mismo. No lo iba a
cambiar, nunca... o por lo menos, hasta que resistiera. Le recordaba
demasiado a su mujer... cada día la echaba más de menos y sin
embargo, cada día estaba más lejos de ella, de su recuerdo. La vida
se la había arrebatado y tanto a él como a Valeria esa pérdida le
había afectado durante mucho tiempo.
Valeria permanecía en el
coche. En su ipad sonaba una canción de Bruno Mars, suspiró.
Todavía podía recordarlo con exactitud y es que todos los momentos,
que eran pocos, al lado de Martín no se le solía olvidar. Cambió
de canción antes de sentirse peor, pero su ipad estaba repleto de
canciones que significaban demasiado para ella... Se quitó los
cascos y furiosa apagó el aparato. Miró la hora en su reloj y tras
unos segundos la volvió a mirar. Eran las diez, con suerte a las
doce y media llegarían a Málaga. Y entonces sí que una lágrima
surcó su cara. Sonrió con impotencia, hoy era el día. Quiso
apartar de su mente el hecho de haber estado cuatro meses separada de
lo que más feliz le hacía en su vida, pero no podía... Estaban
ahí, estaban recordándole lo mal que lo había pasado, recordándole
los suspiros y las lágrimas, las ganas de vomitar, las veces en que
sus fuerzas expiraban. Lo había pasado fatal y él no había podido
estar a su lado... El ruido de la puerta cerrarse interrumpió sus
pensamientos, su padre la miró por el retrovisor en el momento en
que otra nueva lágrima se deslizaba por su piel. Roberto no dijo
nada, sabía como debía de sentirse su hija, pero le dolía verla
así.
Valeria se centró en
mirar al horizonte para no marearse y se ensimismó de nuevo en sus
absurdos pensamientos. Se vio reflejada en el cristal de la ventana,
no era guapa, nunca se había considerado una de esas personas que
suelen gustar. El pelo ondulado le llegaba por los hombros y sus ojos
eran grandes y bonitos pero de un color marrón apagado. Al contrario
de ella, él era perfecto. Sus ojos eran rasgados y azules, su pelo:
castaño claro. Pero él la quería y ella le quería a él, tal como
eran, sin ningún defecto para el otro, perfectos en su persona.
No tenía la suerte de
quedar cada sábado e ir paseando de la mano por una de las calles de
su ciudad, ni tenía la posibilidad de besarlo cada mañana antes de
entrar al instituto, no podía tenerlo cerca en los malos momentos,
ni... Se le hizo un nudo en la garganta, como si se estuviera
atragantando con algo, era como si llevara una soga al cuello y la
distancia no hiciera más que apretar la cuerda alrededor de su
garganta. Distancia... esa palabra se hacía dueña de sus
pensamientos. ¿Por qué existía la distancia entre ellos? Una y
otra vez la distancia se metía con ella, le sentaba con una patada
en el culo, un continuo dolor que la mataba por dentro.
Puso la mano en el
cristal y sollozó intentando que el nudo que se le había formado
desapareciera, pero cada vez se hacía más grande y los nervios la
apresaban. Primero comenzaron a temblarle las manos... media hora
después tiritaba como si fuera a morir de hipotermia, algo imposible
teniendo en cuenta que estaban en un mes de agosto que los bañaba
con un calor asfixiante, oscilando entre los treinta y cinco y los
cuarenta y dos grados.
Cerró los ojos en un
intento de alejarse de todo mientras los kilómetros que los
separaban comenzaban a menguar.
La puerta del coche se
abrió velozmente. Valeria salió, pero tras eso se quedó parada.
Estaban el uno frente al otro a pocos metros, los dos con ganas de
echar a correr, pero los nervios los paralizaban y sus pies no
lograban moverse de un adoquín al siguiente. Roberto evitaba
mirarlos por el retrovisor del coche y esperaba con impaciencia que
de una vez por todas se fundieran en el abrazo que tanto necesitaban.
Fue Martín el que
comenzó a correr hasta la chica. Esta se agarró a él y recordó
como otras veces la sensación de abrazarse al cuerpo de aquel chico.
Martín mientras tanto le acariciaba el pelo y la apretaba con sus
fuertes brazos queriendo quedarse así eternamente. Hundió la cara
en los mechones ondulados de Valeria de los que un olor a mango se
desprendía. Dulce, pensó. Pero no tanto como lo eran sus labios. El
beso tardó en llegar, se miraron a los ojos antes de acercar sus
bocas en un beso voraz y tras asegurarse de que seguían sintiendo
mutuamente lo mismo se soldaron sus labios.
Valeria miró hacia donde
estaba el coche de su padre y lo despidió con un movimiento de mano.
Calculó que tiempo podrían estar juntos, apenas habían dado las
una.
- ¿Hasta que hora puedes quedarte? - preguntó, deseando pasar el mayor tiempo posible al lado de Martín.
- Hasta las... - Martín miró hacia arriba, intentando recordar a qué hora salía el último tren hasta su ciudad – hasta las siete.
La mirada de Valeria se
apagó aunque, la verdad, no esperaba que se quedaran hasta más
tarde puesto que luego eran dos horas y media de viaje. Hizo amago de
abrazarse de nuevo a Martín, pero él no le dejó. La sujetó por
los hombros, odiaba verla triste y aunque para Martín también era
duro separarse de ella, intentó por todos los medios consolarla.
- Todavía tenemos seis horas por delante...
- Pero...
- Pero nada – le dijo él cortante – prométeme que en lo que nos queda de día, no vas a pensar en que hora es, ni vas a preocuparte por lo que pueda pasar cuando nos separemos, prométemelo porque si no venir hasta aquí no habría tenido ningún sentido.
Valeria asintió y se
apartó un poco de Martín para comenzar a andar a su lado. Al verla
fue él el que necesitó con todas sus fuerzas volver a abrazarla
para sentirla cerca, para comprobar que no seguía durmiendo en el
tren.
Hacía sol pero no mucho
calor. Málaga estaba tranquila y la brisa del mar cerca de la costa
siempre era agradable. Mientras recorrían las calles notaron como
cada vez el calor iba disminuyendo y por algunos lugares se filtraba
el olor salado del agua.
Fue ella quien arrastró
a Martín hasta la pizzería donde siempre almorzaban. Y después de
comer él la condujo por el paseo marítimo hacia donde se habían
mirado a los ojos por primera vez.
La playa estaba atestada.
Se sentaron en el bordillo que separaba el paseo de la arena y
contemplaron como el agua se movía tranquila. Se quitaron los
zapatos y corrieron hacia la arena húmeda. Martín cogió a Valeria
y comenzó a adentrarse en el mar. Estaban mojados sus pantalones
casi hasta la cintura y él amenazó con lanzar al agua a la chica,
que se cogía a su cuello y gritaba que se iba a enterar como la
tirara.
El agua se movió
alborotada cuando los dos cayeron sobre ella.
- ¡Te odio! - Gritó Valeria, fijándose en como eran el centro de atención de muchas miradas desde hacía rato.
Él reía tirado en la
arena y totalmente empapado. La miraba de arriba abajo, notando como
las partes del vestido blanco mojadas se transparentaban y de forma
translúcida la ropa interior de Valeria se hacía cada vez más
visible. Notó como bajo el vestido mojado se apreciaban las formas
de su cuerpo y como ante su mirada, ella comenzaba a ponerse roja.
Además, el maquillaje se había deslizado por la cara de Valeria,
formando bajo sus ojos unos surcos de color oscuro.
Él se acercó a ella y
pasó el dedo por su rostro haciendo desaparecer el rastro de
maquillaje. La chica seguía poniéndole morros e ignorándolo por
haberle causado ese destrozo.
- ¿Te has enfadado? - le preguntó al oído.
Ella siguió ignorando a
Martín.
- Oye, que ha sido por tu culpa por la que nos hemos caído – dijo él como si también se enfadara.
Entonces ella le miró de
reojo, se fijó en cómo sonreía de forma burlona y cómo sus ojos
azules la miraban esperando que le perdonara.
- Bueno, bueno... te perdono – dijo Valeria poniéndose frente a su chico.
Se acercó sigilosa a su
boca y cuando él se acercaba a la suya, lo empujó y Martín cayó
en la arena, que se le pegó al cuerpo. Ella se arrodilló a su lado.
- Pero que quede claro que la culpa la tienes tú – le susurró al oído.
Tumbados en la arena que
les quemaba la piel y ensuciaba todo su cuerpo, volvieron a besarse y
tras ese beso con sabor salado y olor a tierra húmeda, se
sumergieron en el agua cumpliendo los dos con lo acordado. En ese día
no había hora, no había tristeza, ni se iban a añorar... porque
por primera vez en mucho tiempo estaban juntos y la distancia entre
ellos no tenía lugar, no cabía... simplemente ahora, no existía.
Las puertas del tren
volvieron a cerrarse a las siete en punto. Nunca se retrasaban. Y por
el cristal vio desaparecer la mirada de ella que con desgana se subía
en el coche.
Cerró la puerta del
coche y el rugir del motor la sobresalto. Aquí acababa todo y
comenzaban a perder poco a poco.
El tren comenzó a
moverse, el niño que antes había viajado también se encontraba
allí. ¿Era mera casualidad? Bufó y supo que desde ese día hasta
que pasaran varios meses no la volvería a ver.
El coche fue tomando
velocidad, primero 30, después 60, más tarde rozaba los 90... su
padre nunca iba más rápido, no le gustaba la velocidad. Ni mucho
menos conducir desde que su madre tuvo el accidente de coche.
Seguía teniendo los
puños apretados y ganas de golpear cualquier cosa que se le
antepusiera, cualquier cosa. Pero nunca persona, él no era agresivo
y confiaba en que nunca lo fuera. Pero en esos momentos sentía como
que debía correr en dirección contraria, hacia ella y no alejarse
cada vez más, como estaba haciendo en aquellos momentos.
Agradeció que la
velocidad se mantuviera a 90 kilómetros por hora... así, se
alejaría más despacio de él. Aunque también le invadían las
ganas de salir corriendo, encerrarse en su habitación, contemplando
una foto de Martín y echarse a llorar en la cama durante el resto de
los meses. Pensando en que así, cuando sus lágrimas se consumaran,
el día de volver a verlo estaría más cerca.
Le dolía el corazón,
pensaba en que si llegaba a perderla por algún motivo... no podría
continuar. Tampoco podría volver a pisar una playa, ni una
pizzería... todo le recordaría demasiado a ella. Serían lugares
prohibidos, lugares en los que los recuerdos acosarían su memoria.
No quiso tener en cuenta
que algún día podrían arrebatárselo como había pasado con su
madre, no podía pensar aquello. Sin él nada tendría sentido...
Pero era algo que podía suceder y también que Martín dejara de
sentir aquello tan fuerte por ella. No sabía que podía llegar a
dolerle más pero tampoco quería comenzar a pensar en aquellas
cosas.
El asiento del tren le
pareció más incómodo que de costumbre, le dolía algo la espalda
de cuando Valeria le había tirado a la arena. Lo tenía merecido por
meterla en el agua, pensó sonriendo. Le gustaba su carácter, le
gustaba todo de ella, todo sin excepción.
Se golpeó la cabeza al
echarse hacia atrás. Movió la mano levemente hasta dejarla caer en
el asiento de al lado y suspiró. Le faltaba demasiado sin él y se
sentía completamente incompleta.
Martín notó como el
aire se hacía pasajero a cada uno de sus lados. Tanto a la derecha
como a la izquierda había vacío. Rectificó, tanto a la derecha
como a la izquierda como en su corazón predominaba el vacío.
Por último, ella se
colocó los cascos y confió en que de forma aleatoria sus canciones
la invadieran. Calló sus sentidos y dejó que bajo sus párpados,
sus ojos enrojecieran y sus pestañas comenzaran a humedecerse.
Sin saber que hacer, la
oscuridad de sus ojos cerrados se le echó encima. La añoró en el
silencio de sus deseos y aplacó la rabia que sentía con el sueño.
No había nada que se le resistiera. Nada, excepto esa palabra, como
siempre.
«Una
vez más la distancia comienza a robarme terreno, se hace poco a poco
con cada parte de mi ser. Te recuerdo una y otra vez y ya te echo de
menos.»
Firmado,
Valeria.
«De
nuevo vuelvo a sentirme impotente, solo e impotente. Ya ha comenzado
a cautivarme la distancia y con cada resquicio de tu recuerdo ya te
echo de menos.»
Firmado,
Martín.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Dublín
Tiene razón Álvaro en que hay que mantener vivo el blog; y por eso he decidido contaros algunas cosas sobre Dublín, que es donde vivo desde septiembre gracias a una beca Erasmus (de la que todavía no he visto ni una décima parte del dinero, eso también hay que decirlo).
Dublín es una ciudad genial para cualquiera que le guste la cultura en general. En cada calle hay al menos una librería, y los libros son baratísimos. Chapters es una de dos plantas, la de arriba de libros de segunda mano. Puedes encontrar cosas desde 1 euro, sobre todo libros clásicos en plan Dickens, Jane Austen etc. Se podría decir que es una ciudad muy literaria: hay un museo de escritores que merece bastante la pena, se organizan paseos por la zona más cultural de la ciudad (Temple Bar, donde te van indicando dónde estaban las redacciones de los periódicos, los distintos teatros...) y por la calle se pueden encontrar placas en el suelo en los sitios que se mencionan en la novela Ulises de James Joyce. Yo me leí ese libro antes de venir porque tenía curiosidad por el que se considera el mejor escritor irlandés. Y sí, es una lectura "obligada" para cualquiera al que le guste leer porque no se puede negar su originialidad. La novela sigue la estructura de La Odisea y trata sobre un día en la vida de un dublinés (16 de junio, que los fans celebran recorriendo los mismos escenarios vestidos de época, una lástima que ya no estaré aquí para entonces), con la particularidad de que cada capítulo está escrito en un estilo diferente: que si solo dialogado como si fuera un guión [nunca seré capaz de escribirlo sin tilde, lo siento por la RAE] de cine, que si representando la evolución del inglés a lo largo de la Historia, o siguiendo la corriente de pensamiento del protagonista... Tiene momentos muy divertidos, pero hace falta MUCHA paciencia y la verdad es que se hace bastante pesado. Vamos, que queda bajo vuestra responsabilidad darle una oportunidad :)
Mi universidad, University College Dublin, es uno de los sitios que más me gustan (¿quién me lo iba a decir?). Es verdad que Trinity College es la universidad más importante y más prestigiosa de Irlanda; pero según mi experiencia y la de la gente que conozco que va allí, UCD es sin duda la mejor en cuanto a actividades, asociaciones, etc. ¡Tiene cine!¡Y teatro! Lo bueno es que, aunque es demasiado grande y es muy fácil perderse y está bastante apartada del centro, siempre hay algo que hacer. Hace poco fue la semana de la solidaridad, y una de las asociaciones montó una subasta de personas (sí, personas) para recaudar dinero para la lucha contra el cáncer. Fue divertidísimo ver cómo la gente iba apostando, llegaron a pagar 200 euros por tener una cita con una chica, no es ninguna broma. Y un grupo de amigos se dejó todos los ahorros para "salvar" a un chico que conozco de tener una cita con otro que, la verdad, da un poco de miedo. En el cine ponen varias películas a la semana gratis (incluyendo palomitas) si eres de la asociación. En fin... que por mí no volvía a la UPO, que al lado de todo esto no se puede comparar.
Estoy aquí con una chica de Mollina de otros años. Se llama Carmen Romero, a lo mejor alguno la conocéis. Muchas veces hablamos de nuestras experiencias molletes y le cuento cosas de vosotros.
Me voy ya porque me parece que me está quedando un poco largo. Y pedante. Jajaja ¡si solo hablo de cosas culturales y de la universidad! Si alguno tiene Facebook, podréis comprobar por las fotos que en realidad donde más tiempo paso es en un par de discotecas. Aquí no ponen reggaeton (casi nunca, una vez pusieron Gasolina y nos reímos un montón), sino que depende mucho de donde vayas: en uno de los sitios a los que voy ponen una mezcla de rock indie, rap y música electrónica inglesa en plan drum & bass y dubstep (lo que se agradece mucho). Y además la gente viste como quiere, hay algunos que van hasta en chándal, así que siempre que seas mayor de edad no tienes problemas para entrar.
Pues bueno, ahora sí que acabo. Si alguno viene a Dublín de aquí a mayo, ya sabéis que estoy disponible para hacer de guía :D Intentaré ir subiendo cosas al blog de vez en cuando, aunque últimamente no escribo demasiado :D
sábado, 9 de febrero de 2013
Un cadáver virtual.
Estaba yo caminando el otro día y se me ocurrió algo que
podría ayudar a mantener con vida nuestro blog. Me acordaba yo de Mollina y de
lo que nos divertimos haciendo aquel cadáver exquisito y pensé ¿por qué no
hacer otro? La técnica es muy sencilla, yo escribo 50 palabras y le paso las
últimas 15 al siguiente de la lista. Este escribe otras cincuenta y me las envía.
Yo las guardo y envió las últimas 15 al siguiente. Cuando todos los que quieran
participar hayan escrito sus palabras yo publico en el blog el texto que hemos
obtenido. Para establecer el orden lo suyo sería que todos escribáis un comentario
en el que ponga “Quiero participar” o “Posdata: quiero participar”. Como sé que
últimamente no está la gente entrando mucho en el blog propongo dejar un plazo
de hasta dos semanas para que la gente se apunte, es decir, el plazo
finalizaría a las 24 horas del día 23 de febrero.
Por si alguien quisiese ocupar un puesto concreto en el orden
para escribir, puede decir junto al "quiero participar" si quiere ser tercero o
cuarto o quinto…, esto lo hago porque me temo que pueda suceder que la gente
quiera ocupar los últimos lugares y dejen para el final lo de confirmar su
participación. Si alguien está interesado en ser el primero en escribir yo
estoy encantado de cederle dicho puesto, eso sí, por razones prácticas la
persona que escriba primero debe de ser la que se encargue de almacenar y
distribuir el resto de los escritos.
sábado, 26 de enero de 2013
Caerá la lluvia
Estaba yo estudiando esta tarde y de repente me desconcentré(no os desconcentréis vosotros cuando estudiéis) y no se porqué pero me vino la inspiración y me dio por escribir un poema. No es gran cosa y apenas lo he repasado más que para corregir las faltas de ortografía, como podréis observar el título no me lo he currado en absoluto, son las tres primeras palabras con que empieza el poema. Se podría decir que es "literatura instantanea", aún así se me ocurrió que estaría bien ponerlo en el blog. Al fin y al cabo, aunque he publicado varias entradas, dos eran relativas a concursos y la otra era sobre la vez que quedamos en Madrid Esperanza y yo, así que esta va a ser mi primera entrada de algo que haya escrito. Espero que os guste.
Caerá la lluvia sobre su manto otoñal.
Se cerrará el tiempo y perecerán los sueños.
Caerán los días marchitos sobre una triste pradera.
Se ahogarán nuestras lágrimas en un mundanal ruido.
El sol se oscurecerá hasta que anochezca en sus rayos.
No reirás, no tendrás ganas ni tiempo para hacerlo.
Cabalgarás sobre nubes que se derrumban, y te derrumbarás.
Resurgirá en filas macabras los demonios del ayer.
No habrá consuelo ni sobre las lonas del recuerdo.
Se hundirá la vida, en un lago de cristal.
Pero tú vivirás, y serás libre.
Y domarás con tu tristeza a las fieras de tu interior.
Te levantarás, y tu pecho bramará gallardo contra el abrazo
del viento.
Caminarás descalzo sobre la arena y las olas.
Con tu mirada iluminada, contemplando la luz de las
tinieblas.
En tus manos no habrá oro ni rosas, ni habitará la juventud
en tu cabello.
Tus piernas se quebrarán a cada metro, pero continuarás
recorriéndolos.
Y cuando te detengas gritarás en la cumbre de tu rebeldía,
que agradeces cada caída y cada muro, cada espina y cada golpe.
Pues tú los venciste.
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