martes, 17 de diciembre de 2013

Nuevas tarifas en el mundo habla más, vive menos

En este mes, el 10 de Diciembre, fue el día de la Constitución Española y en casi todos los colegios e institutos se habla un poco de que es y  de los derechos humanos y todo nos parece normal, los países en los que se infringen esas leyes parecen muy lejanos, pero gracias  a las nuevas tarifas en el mundo "HABLA MÁS, VIVE MENOS"  podemos hablar sobre el derecho de la libertad de expresión con gente de todo el mundo casi gratuitamente, solo pagando con tu vida.
Os dejo el vídeo y la web de amnistía internacional que hace realidad estas tarifas.

Vídeo   web

Te digo vive
aunque cueste un precio
y no tengas dinero,
porque te lo ha robado
el que roba a los ladrones.

Te digo vive, 
y lucha,
y escribe,
aunque no quede tinta
y se acabe el papel.

Te digo vive,
porque es el canto,
la música,
lo que quieren silenciar
y lo que quieres que renazca.

Te digo vive,
te digo vive,
sueña y ríe
pero vive.

Te digo que esto
dejará de pagarse, 
dejará de pagarse
aunque cueste un precio,
aunque cueste un precio
y no tengas dinero
porque te lo ha robado
el que roba a los ladrones.



miércoles, 23 de octubre de 2013

Adelanto de mi novela.

     Hola libritos! Hace tiempo que no paso por aquí (No, no me olvidé de vosotros. Es que acabo de empezar el bachiller) pero vengo dando fuerte. Os traigo un pequeñísimo adelanto de la novela que estoy escribiendo en estos momentos, "Calibre 45". Un besazo desde Málaga!

            Santiago, de piel oscura, alto, fornido y fibroso, de pelo castaño y ojos marrones, vestido con su habitual traje de dos piezas negro, se preguntaba dónde había quedado su vida. Había trabajado todos los días en el bufete de abogados, y al llegar a casa por la noche le esperaba su pareja, la persona con la que deseaba pasar el resto de su vida. Era una mujer alta de cabello moreno y ojos marrones sin un gramo de grasa en aquél perfecto cuerpo. Algunos pensaban que trabajaba en exceso, que se implicaba demasiado con los casos que cada día llegaban a su mesa. Pero, ¿Qué podía hacer sino trabajar? No conocía otra vida. Pero así, él era feliz. El trabajo duro lo compensaba saliendo al cine con sus amigos, o yendo a comer. Esa era su vida, aburrida y monótona. Pero la prefería a la que llevaba ahora. Sentado en un sofá que no es el de su oficina, esperando para mendigar un puesto de trabajo. Había perdido la vida que construyó con sus manos. Su pareja, su casa y su empleo se esfumaron en apenas unos segundos. No tuvo tiempo de darse cuenta cuando ya se encontraba con una mano delante y otra detrás.

            Por otra parte está Nora: Alta, delgada, de piel clara, cabello oscuro y ojos grisáceos. De rostro rectangular, labios carnosos, ojos muy expresivos y nariz chata. Una mujer que vivía la vida al límite. Cada segundo, cada instante en su profesión podía ser el último. ¿Por qué? Porque se dedicaba al mundo de la droga. Pero no era una de estas camellas que se encuentran por la calle, que venden droga para ganarse la vida o para financiar su propia dosis. No, ella lo hacía por placer. No necesitaba el dinero, de eso ya tenía de sobra. Lo demostraba su gran mansión a las afueras de Málaga, en el campo. Ella nunca fue una niña rica, aunque eso cambió con su inesperada boda a los 18. Apenas en seis meses se convirtió en la esposa de James McCarthy, el hijo de un multimillonario muy delicado de salud.
No, Nora no es una traficante común. Maneja toda la droga ilegal que se mueve en el mercado Español en la actualidad. Y lo hace porque le gusta, porque su chute es la adrenalina que siente al burlar las leyes. Y para eso cuenta con su propio equipo. Pero de eso, ya os hablaré más adelante.

            Nora, una traficante de altos vuelos y Santiago, un abogado en paro, con vidas completamente paralelas, coincidirán, se conocerán, y vivirán experiencias que ellos mismos creían imposibles. Pero, para eso, tendrás que seguir leyendo, ¿No?

            

La orientación de las hormigas

Aprovecho que el pasado sábado Andrés y yo asistimos a la presentación de un libro en Madrid para hablaros acerca de él y darle un poco de vidilla a nuestro blog(que ya era hora).

El libro en cuestión se titula “La Orientación de las Hormigas”. Su autor es Cristian Alcaraz, un antiguo alumno de Mollina. A los que estuvisteis conmigo en el Mollina de 2011 a lo mejor os suena, fue uno de los veteranos que vinieron como invitados, el que leyó el poema sobre la mujer que mató a su marido y su amante, los troceó y los metió en el congelador.

El libro que ha publicado es un poemario. Estuvo leyendo los poemas durante la presentación y tiene un estilo entre metafórico, surrealista y algo nihilista. Tiene un tono pesimista y con cierta crítica social (espero que Andrés no lea esto y considere que no sirvo como crítico literario).

Valdrá 10 euros más o menos. Según parece el libro ganó el último Premio Poesía Joven de la Junta de Andalucía y si os gusta este género literario puede interesaros.


Como curiosidad deciros que en la presentación estaba mucha gente de los antiguos Mollinas, entre ellos José Alberto Arias, el que estuvo como invitado en el 2012 y es autor de La Traición de Wendy.

jueves, 29 de agosto de 2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

Hasta la derrota final

Cuando tus hojas caigan en un marchito adiós
y tus aviones ya no tengan el poder de la tormenta.
Cuando tu corazón aún tenga ganas de disparar
 más tus labios se hayan quedado ya sin munición.
Cuando las bombas que plantaste sean las que te impidan avanzar
 y los recuerdos se te exploten en tus propias manos.
Cuando los lugares en que nos besábamos sean ahora escombros,
una posición estratégica a defender.
Cuando hayan caído todos los que nunca te quisieron ver caer,
 y estés demasiado cansada para pronunciar la palabra enamorada.

 Tus senos serán majestuosas cúpulas derrumbándose en el ocaso de nuestro tiempo.
Los años pisarán tu vientre para que sobre él no vuelva a crecer la hierba.
El olvido saqueará lo único que merecía la pena.
Pasarás muchas noches sin dormir, oyendo el continuo bombardeo de la memoria.

Tal vez entonces pienses que huí,
que siempre fui un traidor.
Mas yo estaré contigo,
luchando aún cuando la rendición parezca un lecho de algodón y mantas de seda,
aprovisionando cada suspiro y cada palabra,
cavando las últimas trincheras,
que habrán de ser nuestras tumbas.
Cuando todo se aleje nos abrazaremos para no morir en el frío de nuestros silencios,
Entonces sabrás que combate tiene demasiadas letras,
 y que victoria se evapora en un simple renglón.
Pero yo estaré contigo ahí,
hasta la derrota final.

miércoles, 14 de agosto de 2013

QUEDADA SEVILLANA

A ver, muchachos. JD y yo ya planeamos hace tiempo organizar una quedada para principios de Septiembre. ¿Qué os parece algún día entre el 5 y el 11? ¿Tal vez el sábado 7? No me importaría tampoco que fuera el viernes 6 o el domingo 8.

Un saludo.

sábado, 3 de agosto de 2013

Una ayudita con la inscripción...

Muchachos, ¿alguno de vosotros sabe dónde puedo descargarme el boletín de inscripción en el xii certamen de escritores noveles? Estoy harto de consultar las páginas de desencajas y caletras que mencionan las bases y no lo encuentro por ningún lado!


domingo, 14 de julio de 2013

Otro año más... y por aquí seguimos :)

Nuestra maravillosa generación ha cumplido un año más. Y yo flipo como nunca, sobre todo con los peques... ¡Ese Juanito, mi hermano pequeño de otra madre, que hace más que bien TODO lo que se propone, dejándonos boquiabiertos hasta "desquijadarnos"! ¡Y esa Paula, que tiene una mente poética! ¿Cómo no adorarte por ese sublime "trenes con forma de nube"? ¡¡¿Cómo?!!

Pero todos nos hemos esforzado, y aunque no estamos al nivel de estos dos Diosecillos de la Literatura, tampoco vamos mal. Al menos eso digo yo...

Y ahora es la hora, el momento, de que regresemos a este blog, como las oscuras golondrinas, a mostrarle al mundo lo buenos que somos. ¡Hasta el año que viene!

Eventualmente publicaré aquí dos relatos: ese que he escrito en clase acerca del suicidio de Catón el Joven, y también mi historia de terror anual que ya se ha convertido en una tradición.

¡Y hay que introducir a los nuevos fichajes de nuestra generación: Julio, Elena, Silvia, Catón de Mollina, y muchos más que, como diría Marta Bordons, son super sexys!!

Pero, por el momento, conformémonos con esto: adjunto las dos fotografías tomadas con el fin de reproducir dos obras artísticas maravillosas. Llevado a cabo de manera espontánea, creo no ser el único en enorgullecerse de lo bien que ha quedado, supliendo algunos errores que, en mi opinión, no enturbian la belleza intrínseca del proyecto, tampoco la de nuestra intención: amor al arte por el arte.


LA ÚLTIMA CENA

Nuestra versión: Almudena interpretó magistralmente a Jesucristo, mientras que los demás posamos como sus discípulos. 

El original de Leonardo DaVinci

LOS FUSILAMIENTOS DEL 3 DE MAYO

Nuestra versión, con la participación de Miguel, el profe de poesía.

El original de Goya

jueves, 11 de julio de 2013

Hoy hacemos un año.

Hola gente. Como habréis notado los que estéis este año en Mollina yo esta vez no he tenido la suerte de poder estar allí. La verdad es que os echo mucho de menos y espero que os lo estéis pasando estupendamente.
Como no sé si alguien más se acordará escribo esta entrada para recordar que nuestra Generación del 12 cumple hoy un año. Fue aquel miércoles 11 de julio de 2012 cuando estábamos por la noche reunidos en la sala común (creo que de las chicas) y Álvaro nos reunió a mí y a otros, que creo que eran Rebeca, Marta, José Daniel y Almudena(después de un año seguramente la memoria me falle) y nos propuso crear una generación. Tras ello lo dábamos a conocer al resto de la gente y organizábamos un debate en el que propusimos muy diversos nombres “Generación Mollete”, “La Generación del Fin del Mundo”, “La Degeneración del 12.” Luego la emoción hizo que nos alteráramos un poco y José Ignacio propuso que jugáramos al “Splash” para relajarnos, y creo que también fue en aquella noche cuando hicimos la primera procesión de la cofradía de las orugas penitentes.

Hace ya doce meses desde que nos despedimos con abrazos colectivos y pasillos de honor y nuestro blog aún sigue con vida, aunque un poco descuidado últimamente. Este verano tenemos que relanzarlo, que ya no hay escusas de exámenes ni nada parecido. En primer lugar, los que estéis este año en Mollina informarnos cuando acabéis de cómo ha sido la semana y colgar fotos. Pero sobre todo, no se os ocurra hacerlo mientras estéis allí, que el tiempo que estéis en Mollina debéis pasarlo estando entre vosotros y conociendo a gente nueva, de la cual a ver si podéis reclutar a varios, que el Señor Oscuro necesita nuevos orcos.

viernes, 5 de julio de 2013

¡Un nuevo relato justo antes de partir!

Justo, justo antes no, pero casi. Después de encontrarme con los molletes sevillanos hoy en Fnac y pasar un día espléndido (que sólo es preludio de la maravillosa experiencia que comenzará el domingo), he vuelto a sentir la necesidad de escribir un nuevo relato de terror, fiel a mi estilo. 

Sabía que quería escribir algo, pero no supe el qué hasta que sucedió esto: fui corriendo a comprar el pan por encargo de mi madre y, cuando iba de camino, vi que había un chaval unos dos años más pequeño que yo sentado en una plaza cerca de mi casa. En ese momento no reparé al cien por cien en él. 

A la vuelta, vine caminando y no corriendo, y entonces me detuve a mirarlo por un minuto (suena a acosador, pero sólo un poco xD). Lo cierto es que el muchacho, por el calor insufrible que hacía, se había quitado la camiseta y estaba allí sentado, enseñando el torso como si tal cosa.

Moral victoriana aparte, la verdad es que la imagen de ese muchacho despreocupado, joven y atlético me dio la idea que necesitaba y ya antes de llegar a mi casa tenía elaborado todo el relato en mi cabeza. Escribí del tirón, y esto fue lo que salió: una historia sobre la belleza y sus siniestras implicaciones filosóficas, en el contexto de la revolución industrial y la lucha de clases.


Eikasía

Pete Brown tenía dieciséis años cuando su familia se mudó a Manchester procedente del campo al sur de Cheadle. Su padre, William Brown, antes de dejar definitivamente atrás junto a su familia la vida rural que hasta entonces llevaban, había trabajado en los muelles de Stockport y desempeñado algunos otros trabajos. A pesar de haberse devanado los sesos para complementar múltiples tareas remuneradas, no conseguía ganar lo suficiente para hacer frente a los gastos que representaba sacar adelante una familia de siete miembros. La única opción que tenían los Brown para resolver sus problemas económicos era aceptar un trabajo mejor pagado en las fábricas textiles de Manchester, a la que ya apodaban “Cottonopolis”1.
Los niños también ayudarían a sus padres desempeñando labores menores en la fábrica, y William Brown confiaba en asegurar su posición económica lo bastante rápido como para ahorrarles a sus hijos esas tareas que le desagradaban, pero que eran necesarias que realizasen para salir de aquel atolladero en el que estaban metidos. Pete, sin embargo, era un chico alto y fuerte, de facciones precisas y pelo rubio aunque algo seco y pajizo, que no temía en absoluto el trabajo manual.
Sus hermanos llegaban al pequeño hogar familiar derrengados por el duro día de trabajo, pero el padre era optimista, y sus problemas parecían ir quedando en el pasado. Poco a poco, ahorró lo bastante como para permitirse enviar a los más pequeños a la escuela, en la parroquia cercana. Al menos algunos de sus hijos varones podrían tener futuro si finalmente se decidían a hacer el seminario, pero esa posibilidad horrorizaba a Pete. Según él la vida no le fue brindada para oficiar misas, sino para aceptar sólo la materia tangible que puede ser vista y tocada, y experimentar la realidad del ahora como si cualquier otra opción fuese descabellada o antinatural. Su pensamiento era práctico, y se inclinaba por la acción frente a la reflexión, sin sacrificar el presente por el futuro.
A menudo, el padre regresaba de la fábrica por la noche y, poco antes de quedarse dormido, conversaba con su esposa y le hablaba del dueño de la fábrica, el industrial textil Carrington-Cooper, a quien todos los obreros tenían en gran estima. Aparentaba ser un hombre llano y sencillo, que, habiendo heredado un gran fortuna en su juventud, no parecía ansiar más de lo que ya tenía, y mantenía la fábrica como promesa realizada a su abuelo en su lecho de muerte. Era un hombre mayor, que sentía empatía hacia la lucha de los trabajadores por prosperar en el entorno industrial, y que se decía inspirado por Robert Owen2. A veces les hablaba de utopías y de socialismo, donde cada hombre recibe un salario de acuerdo a sus necesidades, y aunque William continuaba pensando tozudamente que el mejor salario es el ganado con el trabajo y el esfuerzo propios, debía reconocer que todo sonaba muy apetecible en los labios de ese hombre tan altruista, que sacrificaba beneficios para ofrecer a sus obreros condiciones laborales mucho mejores que las de los trabajadores de otras fábricas.
También a veces los hijos de William Brown escuchaban las historias que Carrington-Cooper contaba frente a un foro de trabajadores que él mandaba reunir, y coincidían en que las palabras que allí se vertían eran buenas y justas. Sólo Peter permanecía ajeno a ello, pues a él le gustaba el trabajo, por duro que fuera, ya que únicamente las labores que demandaban de él mayor fuerza física le resultaban gratificantes.
Cierto día especialmente caluroso del mes de julio, habiendo terminado Pete y sus hermanos la jornada, abandonaron la fábrica y se encaminaron al río Medlock, que seguía su cauce no demasiado lejos. Como estaban sucios y acalorados, decidieron bañarse en el río y disfrutar del efecto refrescante del agua. Todos se limitaron a comportarse como cualquier otro grupo de niños y batallaron en medio del río, hicieron carreras a nado, y se divirtieron probando cuál de ellos resistía mayor tiempo bajo el agua sin respirar.
Al ver que oscurecía, los muchachos abandonaron el río y regresaron a la orilla. Mientras se vestían, vieron acercarse a ellos un hombre ataviado con sombrero de copa y bastón, al que reconocieron como el señor Carrington-Cooper. El industrial, habiéndolos reconocido también mientras regresaba de la fábrica, los saludó con afecto. Aunque Pete demostraba sus escasas dotes sociales manteniéndose al margen mientras se ponía los pantalones y recogía su gorra del suelo, el anciano empresario se fijó en él rápidamente y le dirigió la palabra con un tono simpático:
—Muchacho, tienes buen porte. ¿Has servido alguna vez de modelo?
—¿Modelo para qué? –quiso saber Pete, calzándose las botas.
Los hermanos se rieron, pero el señor Carrington-Cooper esbozó una sonrisa:
—Modelo para artistas: pintura, escultura. ¿Entiendes?
Aunque Pete asintió queriendo ser educado, lo cierto es que no estaba seguro de a qué se refería su interlocutor.
—Mi sobrino –continuó Carrington-Cooper— que vive conmigo cerca de aquí, es artista. O al menos pretende serlo. Lleva un tiempo buscando algún modelo masculino apropiado. Dime, ¿estarías dispuesto a servirle de modelo? Por supuesto, te pagaríamos bien.
Pete frunció el ceño: no tenía ni idea de que tal profesión existía.
—¿Hay gente a la que pagan por… dejarse pintar? –preguntó incrédulamente.
Los hermanos cuchichearon entre sí a raíz de la extraña propuesta de trabajo que ofrecían a Pete.
—Sí. Pero no todo el mundo es digno de ser pintado, o esculpido. Pero tú… En mi opinión sería un desperdicio no aprovechar lo que Dios te ha dado.
—No creo en Dios –respondió Pete aun sin estar muy convencido.
—Aun así seguiría siendo un desperdicio –se apresuró a decir Carrington-Cooper— ¿Qué dices? ¿Aceptas?
—¿Puedo pensarlo?
—Claro. Si te decides a ello, preséntate mañana a primera hora en mi despacho y te llevaré al estudio de mi sobrino.
Dicho eso, el señor Carrington-Cooper le estrechó la mano a Pete y se despidió de sus hermanos, caminando en dirección opuesta de vuelta al ambiente urbano que rodeaba el río, hasta perderse de vista.

De vuelta en casa, los hermanos contaron a William Brown y a sus esposa la oferta que el rico industrial había hecho a Pete, y, recordando éstos que el invierno pasado habían temido lo peor al enfermar la más pequeña de sus hijas y apenas tener ahorrado lo bastante para un médico, se decidieron a animar a Pete a aceptar el trabajo y ganar algo más para la familia. El muchacho, reticente al principio, cedió finalmente y se mostró de acuerdo. Pactó con su padre que éste lo relevaría de sus tareas en la fábrica para mantener la jornada de ese día, por si el pago del trabajo para el sobrino del señor Carrington-Cooper no merecía la pena, a pesar de todas las expectativas que la familia había puesto en él. Porque, como afirmaba el padre, “de ese hombre medio santo sólo pueden venir cosas buenas”.
Puntualmente, Pete se presentó en el despacho del industrial al día siguiente en la fábrica, dispuesto a cumplir lo acordado. El señor Carrington-Cooper se mostró satisfecho y recalcó lo mucho que aquello significaba para su sobrino. Al salir de la fábrica, el empresario indicó a Pete que subiera al coche de caballos que los esperaba para llevarlos al estudio de su sobrino.
—¿Alguna vez habías subido a un coche de caballos, Pete?
—Sólo una vez al venir a la ciudad, señor. Pero no era como éste –contestó el muchacho escuetamente.
Llegaron al lugar al cabo de media hora. Se hallaba en la zona alta de la ciudad, donde todo se mantenía al margen de la suciedad industrial para mantenerse impecable y pulcro. El cochero ayudó a descender al anciano y después éste indicó a Pete por dónde seguir caminando. Siguieron un pequeño sendero que discurría entre unos álamos hasta que finalmente alcanzaron a ver un grupo de edificios de fachada neoclásica de blanco inmaculado. El estudio de su sobrino, según señaló Carrington-Cooper, era la puerta número diecisiete.  
El anciano llamó dos veces con los nudillos, pero nadie les abrió.
—Puede que haya salido a buscar inspiración –dijo el industrial, aunque Pete no estaba seguro de si lo había dicho con sarcasmo o no.
—¿Y el servicio? –preguntó el muchacho.
Sabía muy bien que un hombre de la posición de Carrington-Cooper debía tener gente a su servicio. Su madre a veces hablaba de trabajar como doncella tan pronto como se le presentara la oportunidad, para no tener que volver a poner un pie en la fábrica ni hacer labores tan pesadas.
—Oh, mi sobrino prefiere trabajar sin distracción, pero no te preocupes –respondió tendiéndole su bastón a Pete al tiempo que se inclinaba para extraer de su bolsillo un llave dorada.
Carrington-Cooper sonrió e introdujo la llave en la cerradura. La puerta se abrió con suavidad hacia dentro, y el anciano indicó a Pete con un gesto cándido que pasara al interior. Lo hizo pasar también por el recibidor y algunos pasillos hasta llegar a una estancia bien amueblada, con amplios ventanales que dejaban entrar la luz del sol fluidamente. Pete se fijó de inmediato en los muchos cuadros que cubrían las paredes. Había un número muy semejante de hombres y mujeres representados tal cual o en escenas idealizadas.
—¿A su sobrino no le parece raro pintar a hombres desnudos? –quiso saber Pete con un toque entre avergonzado e inquisitivo.
El señor Carrington-Cooper dejó su sombrero de copa y su abrigo en una percha, y luego se volvió para dedicarle otra de sus espléndidas sonrisas a Pete, una costumbre muy habitual en el anciano que estaba comenzando a molestar al muchacho.
—¿A ti te resulta raro? En mi opinión, la belleza no tiene sexo. A menudo se lo recuerdo a mi sobrino, ¿sabes? No me parece adecuado que la belleza se vea menospreciada sólo por los cánones morales imperantes.
Pete, que todavía no había ido a la escuela y no empleaba un léxico muy variado, no entendió la mitad de lo que el rico industrial le decía.
—Dime: ¿acaso no te parecen bellos los hombres que están ahí representados? –dijo Carrington-Cooper señalándole un par de cuadros en concreto.
—Supongo que a ojos de una mujer lo son.
El muchacho se volvió para seguir inspeccionando la estancia, y entonces fue cuando reparó en una suculenta bandeja repleta de frutas variadas, de todas las clases y colores, incluso algunas que Pete no conocía en absoluto.
El anciano industrial pareció darse cuenta de lo que Pete pensaba y le ofreció probar algunas.
—¿A su sobrino no le importará? –quiso saber Pete por educación.
—En absoluto –contestó el anciano—. Las tiene ahí para cuando planea dibujar algún bodegón. Pero nunca encuentra tiempo y la mayoría acaba en la basura, podridas –dijo.
La explicación pareció convencer a Pete que, con la boca hecha agua, no hizo ascos a ninguna de las frutas allí presentes, comiéndose más de las que Carrington-Cooper pudo contar.
—¿Su sobrino tardará mucho en venir? –preguntó Pete con la boca llena de sandía.
El anciano tomó asiento en un cómodo diván mientras sonreía, con esa expresión que tanto desagradaba ya a Pete. Dejó escapar una risa grave cuyo significado el muchacho no entendió.
—Bueno, lo cierto es que no he sido sincero contigo. Ese sobrino del que te he hablado no existe.
Por algún motivo, Pete comenzó a sonreír de oreja a oreja.
—¿A qué se refiere? –dijo, aunque su propia voz le sorprendió, porque su lengua se había adormilado.
Todo empezaba a dar vueltas a su alrededor.
—Podría decirse que soy un coleccionista, ¿sabes? Me gusta coleccionar la belleza allá donde la encuentro.
—¿Por eso tiene tantos cuadros…?
Pete no llegó a terminar la pregunta coherentemente, porque cayó al suelo, inconsciente.

Al despertar, se dio cuenta de que estaba dentro de lo que parecía ser una habitación pequeña que, aunque disponía de una decoración suntuosa, no dejaba de ser una especie de celda de lujo. La lengua le pesaba y tenía los labios como dormidos. Vio que estaba desnudo, y se percató también de que unos grilletes limitaban su movilidad de manera considerable.
En aquel momento se abrió la puerta de la habitación y pasó al interior de la estancia el viejo Carrington-Cooper, con una sonrisa que ya no era cándida, sino sardónica. Pete, al volver cada vez más en sí mismo, comenzó a oír sollozos y llantos, tanto femeninos como masculinos, que atravesaban las paredes procedentes de otras celdas, igualmente ocupadas por otros prisioneros.
—¿Qué pretende usted? –logró decir Pete a duras penas.
—Antes te dije que coleccionaba la belleza, pero creo que me malinterpretaste –dijo Carrington-Cooper—. La inmortalización de la belleza en obras pictóricas no es tal, sino que es eikasía3, un reflejo pálido y fútil de las cosas que son. Aquellos que se conforman con representar la belleza son aficionados que viven un engaño. ¡Eikasía! ¡Eikasía! –gritó con tono farisaico, como si denunciara el peor pecado que puede cometer un hombre.
El anciano frunció el ceño en una expresión de repugnancia y asco. Luego volvió a sonreír y se relamió de manera casi felina antes de volver caminando hasta la puerta.
—La belleza no debería ser representada, ¿sabes? Sólo debería poseerse –explicó Carrington-Cooper antes de cerrar tras de sí la puerta y dejar encerrada en aquel museo infernal a su obra de arte predilecta. 

1.  Cottonopolis quiere decir “ciudad del algodón”.
2. Junto a Saint-Simon, Robert Owen fue uno de los primeros teóricos del socialismo que Karl Marx tacharía de “utópico”.
3. Para Platón, la eikasía es la imaginación (del griego eikon: “imagen”). Hace referencia a la cualidad del artista, cuyo trabajo es representar “imágenes” o “reflejos” de los objetos que nos rodean. Es descrita como una cualidad sumamente despreciable, porque conduce a la degradación de la verdad al crear mentiras a partir de otras mentiras preexistentes (según Platón los objetos cotidianos son un reflejo engañoso de las ideas del mundo inteligible). El señor Carrington-Cooper se revela así como un fanático platónico. A través de este personaje que combina platonismo y socialismo utópico, la historia hace referencia a la relación entre los respectivos modelos político-sociales platónico y socialista.  




miércoles, 3 de julio de 2013

Volvemos a Mollina

Que nervios, nos vamos a volver a encontrar este domingo, seguro que algunos llegan nuevos, deberíamos dejarles entrar a ellos también en el blog.

Quiero volver a Mollina, aunque tengamos de nuevo largas clases de narrativa y poesía y nos quedemos dormidos en ellas. Pero solo con el amanecer que podemos ver todos juntos después es razón suficiente, y compensa lo demás para querer volver.

Siento que deberíamos hacerlas maletas y presentarnos allí ahora mismo, pero esperaré los días que faltan, lo único que no me gusta de la semana que viene es que a algunos no les haya dado tiempo de presentar ningún texto. Así que ahora habrá que estar despiertos para no saltarse otro verano.

Con todo propongo que los que tocamos un instrumento que no sea piano (que hay allí) ni batería o contrabajo, porque creo que serán demasiado grandes, que se los lleven, como el año pasado. Yo por mi parte llevaré mi viola y unas raquetas, porque me parece que había una cancha de tenis, aunque no soy demasiado buena.

También propongo que cada día hagamos una entrada de lo que pasa, para que los que no puedan ir estén al tanto.

Yo ya he puesto algunas ideas, pero si alguien tiene otra aportación para pasarlo mejor, que lo diga o que calle...
... otro verano.

domingo, 9 de junio de 2013

Buenas noches, Sol. Alguien te echará de menos.

La sombra está revoltosa. Me engaña, lo sé. Se retuerce en mentiras oscuras, perfiladas de sol senil sobre el cáñamo frío.
Metamorfosea mientras la miro, orgullosa.
Me sonríe. Sé que se ríe y llora. Lágrimas marchitas de sombra.

jueves, 30 de mayo de 2013

No hace falta que me ames

Traigo aquí un poema que he escrito hace poco. De paso aprovecho para informaros de que me ha llegado un correo referido a la Escuela de Escritores Nóveles de este año, supongo que a vosotros también os habrá llegado y es conveniente que lo abráis cuanto antes, porque las plazas para este año se conceden en función de quién haya respondido antes al correo. Y  por cierto, ¿los ganadores del concurso de este año habéis tenido ya la entrega de premios? Os dejo con mi poema:


No hace falta que me ames

No necesito tener tu pelo guardando mi pecho.
No necesito mi carne contra tu carne.
Ni que navegues hacia mi entre un mar de saliva.

No necesito de tus labios más que tu voz.
No necesito de tu voz más que un “hola.”

Dámelo.
Dame también un “buenos días” y un “hasta pronto”.
Arráncame la piel si así me regalas un “disculpa.”

Mi corazón es tan viejo que nunca aprendería a amarte.
Y mis colmillos no desean devorarte.
Sabes bien que no sueño con tus labios.
Y que si te abrazara no sería para sentir tu cuerpo,
sino para saber que nunca se alejarán tus palabras de mis oídos.

No me ames ni me desees.
Pero por favor, nunca pienses en arrancarme tu presencia.

No se ama al sol, mas su ausencia nos sume en tinieblas.
No se ama a los barcos, pero sin ellos se ahoga nuestra vida.
No se ama a la lluvia, y las rosas la piden a gritos.

Así yo renunciaría al más hermoso “te amo”,
al más hambriento deseo
y  al más sincero “te quiero.”

Todo por saber que nunca me faltaría tu saludo.
Para que cuando te despidas de mí sea solo hasta luego.


domingo, 12 de mayo de 2013

     He estado muy ocupada, por lo que no he podido subir nada ni en este ni en mi blog. Pero como recompensa os traigo una super sorpresita. XD.


viernes, 10 de mayo de 2013

XXV Premio Unicaja de Relatos

Hace un rato mi padre me reenvió un correo que le ha llegado con las bases del XXV Premio Unicaja de Relatos. El certamen consiste en presentar un relato (más bien cuento) entre 4 y 8 páginas. No tiene límite de edad y es hasta el 30 de julio, así que da tiempo (yo acabo de terminar algo, lo presentaré). Solo hay un único premio, de 5000 €.

Os dejo aquí el enlace con las bases completas, por si os animáis a participar.

https://www.unicaja.es/resources/1367572460254.pdf

Aunque últimamente escribo poquísimo, ahora mismo tengo un par de relatos que he presentado en certámenes. Cuando se acabe el plazo ya los subiré al blog, que es verdad que lo tenemos algo abandonado.

Cosas que ha aprendido el hombre


  Hola. Traigo aquí un poema que escribí hace ya tiempo y que en su momento no puse en el blog porque no pareció que estuviese del todo bien. Al menos en cuanto a cuestiones de forma. De todos modos, puesto que llevamos ya más de un mes sin publicar creo que es mejor esto que nada.  Sé que todos tenemos mucho que estudiar, pero hagamos un pequeño esfuerzo y saquemos esto adelante.  De paso aprovecho para preguntar si a todos os han informado de lo del concurso de este año.

Cosas que ha aprendido el hombre.
Fue hace ya algún tiempo que me enseñaron que el blanco es para el bueno y el negro para el malo.
Que los que están dentro son los poderosos, y los débiles son los que se quedan fuera.
Que estar alzado es de vencedores, mientras que yacer sobre el suelo es para los derrotados.
Me enseñaron mucho, pero nada de ello es lo que he aprendido.
Aprendí que el blanco puede ser distante y vació, y que el negro alberga oculto todos los colores.
Que estar dentro es estar enjaulado, que a los alzados les gustaría descansar sobre el suelo.
Aprendí que los que están arriba pueden temblar de vértigo, que los muertos ya no le temen a la muerte, y que los que ríen no son libres para decir cuánto sufren.
Que lo que termina renace, y lo que perdura se pudre.
Que no se puede abrir un regalo sin romper su envoltura.
Que para obtener el perdón, hace falta tener pecados.
Que las escaleras se usan para subir, pero también para bajar.
Hoy he comprendido que es la realidad la que enseña, más que solo soñando se aprende.

lunes, 1 de abril de 2013

EL CASO STARKWEATHER


—El comité abre la sesión. Grant Starkweather, acérquese al estrado –dijo el magistrado con voz atiplada y desagradable.
Un hombre de cincuenta años recién cumplidos, de figura y constitución formidables, frente despejada, mentón prominente y pelo corto y castaño –ligeramente encanecido– se incorporó y se dirigió al estrado. Vestía traje de chaqueta y corbata – no iba a caer tan bajo como para asistir con hábito de presidiario: no les daría tal placer. Tras él permanecían otros doce imputados, todos con expresión seria, otros asustados, y algunos indiferentes.


—Señor Starkweather –repitió el magistrado de voz aflautada–: ¿es usted director ejecutivo de Tecnologías Starkweather? Responda sí o no.
—Sí, señoría.
—Y, ocupando usted tan relevante cargo dentro de su compañía, ¿estaba al corriente de que defraudaban… –el magistrado revisó algunos papeles, escudriñando a través de sus diminutas lentes con aire de coyote– Doscientos cincuenta millones de dólares todos los años desde hace una década? Responda sí o no.
Se hizo el silencio.
—Sí, señoría.
Los asistentes comenzaron a murmurar entre ellos, sorprendidos. El resto de imputados quedaron ahora cabizbajos, confundidos.
—¿Se declara usted culpable, entonces? Responda sí o no, señor Starkweather.
—Lo siento, señoría: me es imposible contestar a eso con un sí o un no.
—¿Disculpe?
—Digo, señoría, que la respuesta adecuada sería “¿culpable de acuerdo a qué estándares?”.
—No entiendo a qué estándares puede referirse, señor Starkweather.
—Señoría, de acuerdo a sus valores morales, soy culpable. De acuerdo a los míos, soy inocente.
Los miembros del comité se dirigieron miradas de desconcierto.
—Esto no es una cuestión de moralidades, señor Starkweather: estamos hablando de la legalidad.
—¡Oh, señoría! Pero la legalidad está enormemente influida por la moralidad.
—No es el momento de debatir tal cosa ni tengo tiempo para diatribas ni sandeces. Se lo repetiré una vez más: ¿cómo se declara?
—Inocente, señoría.
La sala reverberó de susurros y murmuraciones. Los miembros del comité comenzaban a impacientarse.
—Señor Starkweather –intervino el magistrado, con la voz aún más chillona debido a su inquietud–, ¿dice usted ser inocente de los delitos que se le imputan a usted y a su compañía, habiendo reconocido que Tecnologías Starkweather defraudó a Hacienda durante diez años seguidos, y que usted estaba al corriente? Creo que está usted insultando mi inteligencia.
A Starkweather se le dibujó una sonrisa en el rostro.
—No, señoría. Sólo he respondido a su pregunta: soy inocente. No considero que defraudar a Hacienda sea un delito en absoluto. ¿Qué derecho tiene el gobierno para reclamar mi dinero, los millones de dólares que mi compañía ha ganado limpiamente por medio del comercio? ¿Entiende ese concepto, señoría: mi dinero,mi compañía? Mi propiedad, señoría: mía, no suya, ni del gobierno.
—Señor Starkweather, ¿debo recordarle que todos pagamos nuestros impuestos religiosamente?
—¿Y eso que quiere decir, señoría? Mucha gente se suicida, ¿qué quiere decir eso, señoría? ¿Que nosotros también debemos suicidarnos?
—Se trata de contribuir al bien común, es un sacrificio que todos hacemos voluntariamente.
—¡Ah, el bien común! Es usted un hipócrita, señoría, y le diré por qué. Díganme, miembros del comité: ¿harían el favor de mostrar a los asistentes qué portátiles, tabletas gráficas y móviles están usando al tiempo que me sentencian?
—No es relevante para el caso, señoría –afirmó uno de los miembros del magisterio fiscal.
—Sí que lo es. Pero no hace falta que lo hagan. Yo se lo diré: están usando productos de Tecnologías Starkweather. ¿El público podría, por favor, mostrar qué móviles llevan consigo en este momento, y los miembros de la prensa, qué tecnología están usando?
Algunas voces se alzaron en la parte trasera de la sala: “¡Tecnologías Starkweather!”
—En efecto, Tecnologías Starkweather –indicó el acusado–: mi tecnología. ¿Cómo la tienen, si puede saberse? Si es mía, sólo mía, fruto de mi mente y de la de los miembros de mi compañía, ¿cómo se han hecho ustedes con ella? Ciertamente, no me han robado: la han comprado. ¿Y por qué la han comprado? ¿Por qué más de dos tercios de las tecnologías que ustedes están usando pertenecen a la marca de micompañía, y no a la de Mapple, por ejemplo? Yo se lo diré también: porque la mía es mejor. No lo afirmo sólo yo: me respaldan todos ustedes, que han preferido comprar mis productos antes que los de Mapple. Han valorado positivamente mi tecnología, y han decidido intercambiar valor por valor, y me han pagado a mí voluntariamente, y todos nos hemos enriquecido. Tal hecho es innegable.
»Piensen además en mis fábricas a lo largo y ancho del país, y en la riqueza que yo creo, concediendo cientos de miles de puestos de trabajo a gente que los necesita para vivir. Mientras ustedes y su gobierno, señoría, se dedican a imponer tasas a la vida como si sus gobernados fueran súbditos, yo les doy la vida y los trato como a iguales: intercambiando valor por valor. Eso es contribuir al bien común, señoría, y puedo asegurar que pocas personas han contribuido tanto al bien común como yo lo he hecho. ¿Y quiere saber lo mejor, magistrado? Que lo he hecho persiguiendo mi propio beneficio, porque no es el bienestar de los demás lo que justifica y da un propósito a mi existencia, sino el mío propio. Mi compañía no busca enriquecer a los demás, lo que pretende es hacer la mayor cantidad de dinero posible; pero ya ve que así hemos enriquecido a los demás proporcionalmente, y hemos elevado su nivel de vida más allá de lo imaginable, porque gracias a nuestras tecnologías usted puede comunicarse a cualquier hora del día con la otra punta del mundo, y conectarse a Internet dónde usted prefiera, y manipular vídeos, fotos y documentos digitales con la comodidad de arrastrar el dedo por una pantalla electrónica. Y eso lo he hecho yo, señoría, no usted con sus impuestos.
»Usted y los que son como usted, magistrado, me atacan diciendo que no me sacrifico por el bien común, y es cierto: no me sacrifico ni deseo hacerlo, y desprecio a quien sí lo hace, porque eso es una forma de alentar el canibalismo y la esclavitud, y no pienso tomar partido en ese holocausto que ustedes han creado. Me critican diciendo que no respeto la justicia social, y es cierto: no considero que la justicia necesite de adjetivos ni mucho menos creo que ésta se base en despojar a los más capaces del fruto de su trabajo para entregárselo a los más necesitados y miserables, ni pienso que la justicia demande que abra mis venas y vierta mi sangre en altares consagrados a los incompetentes de la tierra, ni que mis virtudes sean el sacrificio que deba hacer para redimir los vicios de los pecadores y los desgraciados, porque la justicia no es intercambiar virtud por vicio, señoría, sino virtud por virtud, valor por valor. Eso es justicia, señoría, y no lo que su gobierno pretende perseguir. Me acusan de no luchar contra la desigualdad, y así es,  porque no creo que la desigualdad tenga nada de malo: allí donde hay una persona que piensa, que utiliza su mente de manera libre, existe desigualdad, porque aquél que descubre el fuego lo posee en perjuicio de aquellos que no utilizan su mente; porque el empresario que levanta una fábrica donde antes había un descampado, o que extrae petróleo de donde antes había un desierto, produce lo que otras personas no han sido capaces de pensar en producir, y eso es la desigualdad: no es una cuestión de condiciones materiales, sino de la mente. Y, aun así, si yo pretendiera acabar con la desigualdad, no sería de la manera que ustedes lo intentan, atando en corto la mente de los más capaces e imponiéndoles trabas, obstáculos, regulaciones y reglamentaciones tediosas, sino dando la mayor cantidad de libertad posible para que todo el mundo pueda explotar su mente al máximo. Dicen que sólo persigo el lucro, y tal afirmación es cierta, ¿qué hay de malo en ello? Ustedes quieren y demandan mis tecnologías, productos y bienes que son fruto de mi mente y que ustedes han sido incapaces de pensar en producir; y al querer lo que yo produzco –yo, señoría, no ustedes– reconocen que estoy creando algo de gran valor, algo útil que hará su vida más llevadera. Y si hemos sido yo y mi compañía –¿recuerda ese concepto, señoría: mío?– quienes hemos creado ese valor, ¿con qué derecho vienen ustedes a mí para decirme que no puedo querer lucrarme, y que cada año debo entregarles a ustedes, que no producen nada, doscientos cincuenta millones de dólares con una cándida sonrisa en el rostro?
»Usted, señoría, reclama y defiende el derecho de los incompetentes a vivir sin trabajar, a una alimentación, ropa, vivienda, salud y educación independientemente de lo que producen. Usted asevera que todos y cada uno de los seres humanos sobre el planeta tienen derecho a una fracción de la riqueza del mundo, y yo le voy a plantear esta gran pregunta: “¿a costa de quién?” Dígame, magistrado, ¿quién produce el sustento básico de los incompetentes? –yo–, ¿quién produce la riqueza de la que viven ustedes? –yo–, ¿y por qué esa persona –yo– debe producir para ustedes a cambio de nada, y rechazar el afán de lucro que ustedes critican? Aquellos que reclaman el fruto de la mente y del trabajo de otros, lo que reclaman, señoría, es el derecho a esclavizar la mente de los que producen. Usted ha reclamado su derecho a esclavizar mi mente y se cree dotado de la capacidad para obligarme a poner mi mente a su servicio, y que yo satisfaga sus necesidades a cambio de nada. Bien, pues yo me he rebelado y he roto los grilletes que sus leyes me han impuesto. Su gobierno pensaba drenar de mis venas doscientos cincuenta  millones de dólares al año durante una década y yo le he demostrado que no tiene derecho a ello. Si eso es un delito, actúe en consecuencia. Yo he defendido mi mente y el producto de mi mente. Si eso es un crimen moral, actúe como le plazca y crea conveniente de acuerdo a su propio código moral. Pero, desde luego, si piensa hacerse con mis doscientos cincuenta millones de dólares, no será con mi colaboración. No acudiré al altar de sacrificios consagrado a su deificado “bien común” por mi propio pie, ni abriré mis venas y drenaré mi sangre voluntariamente, como usted dice. Si usted quiere lo que yo tengo y que no pienso, bajo ningún concepto, cederle pacíficamente, actúe usted de acuerdo a su auténtica naturaleza, y acuda a mí como lo que es en realidad: un vulgar saqueador. Si de verdad quiere mis doscientos cincuenta millones de dólares, se verá obligado a utilizar la violencia que es connatural a su depravado código moral, y tendrá usted que enviar a sus mercenarios a asaltar mi propiedad, echar abajo la puerta de mi casa, secuestrarme enfrente de mi aterrorizada familia, y encerrarme en un zulo oscuro el resto de mi vida –porque, independientemente de lo mucho que intente quebrar mi voluntad, mi vida seguirá siendo mía, se lo aseguro–, para poder así despojarme impunemente de mi compañía y de mis bienes justamente conseguidos. Pero entonces yo habré ganado, porque para ello usted tendrá que haber mostrado su verdadera naturaleza criminal, y a los ojos del hombre racional, de aquél que, como yo, vive de su mente, ama su vida, y sigue mi código moral intercambiando exclusivamente valor por valor, será usted lo que es: un saqueador, porque toma cuanto quiere de los demás mediante la violencia; un esclavizador, porque considera que los demás estamos obligados moralmente a producir para usted sin derecho a exigir nada a cambio; un parásito, porque es incapaz de vivir por sí mismo y necesita a otros para existir; y en definitiva, un asesino, porque niega el hecho de que la vida le pertenece en exclusiva a quien la vive al impedir al individuo elegir libremente sus propios valores y preferencias, sometiendo la vida de los demás a su propio código moral.
Todos los asistentes se incorporaron, aplaudiendo y vitoreando las palabras de Grant Starkweather. Los periodistas habían dejado constancia de todo su discurso para la posteridad, y los miembros del comité, consumidos por la ira, la impotencia y su propia mezquindad, trataban de ocultar su rostro compungido y pasar desapercibidos frente al hombre de principios morales inquebrantables que los había derrotado en una batalla desigual.
—Si, según el comité, todo cuanto he dicho yo hoy aquí es falso, hagan lo que tengan que hacer, pero no me retractaré de mis palabras. Y si es cierto, sean honorables: declárenme inocente y pónganme en libertad; o aférrense a su propia moralidad y enciérrenme sabiendo que yo les he vencido, y afronten las consecuencias – porque las habrá, se lo aseguro.
Los magistrados, que sólo deseaban salir de allí corriendo y que los tragara la tierra para desaparecer y no volver a ser vistos, intercambiaron murmullos y cuchicheos atribulados. Finalmente, el magistrado de voz atiplada, que ahora había palidecido y se asemejaba a un fantasma, fue quien declaró la sentencia:
—Caso Starkweather… –dijo con un susurro–: sobreseído. 

martes, 26 de marzo de 2013

Amores míos, como algunos me lo pedisteis, estoy encantada de poner mi novela del Jordi Sierra i Fabra ante vuestros encantadores ojos de críticos insaciables (que miedete). Pero son sesenta y siete páginas que ningún blog sensato se atreve a acoger. Ya he colgado un aviso en mi blog con la primera página (para que Carlos se vaya animando con el ambiente ;P ) pero estoy esperando a aprender como adjuntarlo en una URL sola para esta novela, sencillamente por la vagancia que me da tener que enviarlo por correo. Pero no sé, vengo pidiendo consejo. ¿¿Cómo lo hago?? ¿Alguna otra idea?

viernes, 22 de marzo de 2013

Quedada en Sevilla

Visto que la cosa ha quedado muy en el aire, no sé si será mejor que no hagamos nada y que planeemos la quedada para más adelante, ¿qué decís? Lo que me da apuro es que alguien se vaya a las 12 a Plaza de Armas y se vea solo jajajaja

lunes, 18 de marzo de 2013

Hola holita

     No os asustéis, no me he colado :)
     Soy Raquel Villaseca ("La Villa") pero como voy a cambiar de cuenta de google, pues me he tenido que autoinvitar.
     El caso es que estos últimos meses no he podido participar de forma activa, pero confío en que esto cambie pronto. Por el momento os dejo la introducción de mi nueva novela y el enlace en el que la iré publicando.

     Y entonces miré al cielo, y vi las estrellas, millones de estrellas. Y me sentí tan diminuta, tan sola...
     Mi vida había cambiado en cuestión de días al perder a mis padres, dejando en mi corazón un inmenso agujero que se hacía más y más grande con cada palpitación. Porque ya nada me anclaba al mundo tal y como lo conocía. Y alguna vez pensé en irme, cerrar los ojos y morir en paz. Porque no quedaba nada por lo que luchar. Pero antes, antes de dejar a mi alma volar y librarme de mis ataduras mortales. Antes, debía cumplir el último deseo de mi padre, debía viajar a Marte.
     ¿Para qué? Aún no lo sé, pues nunca me dio explicación alguna. A lo mejor quería que yo tuviese aquél recuerdo, o que hiciese algo grande en la vida. O, simplemente, que fuese la primera mujer en hacer algo semejante, en viajar al espacio.
     Y lo iba a hacer, yo, Valentina Tereshkova. No sabía como, ni cuando, pero estaba segura de que sería una gran aventura.


http://enbuscadelsollavilla.blogspot.com.es/

domingo, 17 de marzo de 2013

Los señores de las arenas


Los señores de las arenas
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Álvaro Pavón Romero

Hace dos mil años, la otrora noble y orgullosa tierra de Egipto había entrado ya en un periodo de decadencia; era el ocaso de la civilización que construyó las pirámides, domesticó el Nilo y extendió un vasto imperio bajo el mando de reyes divinos y dioses encarnados, dueños de todo cuanto existía bajo el sol. Hacía ya cien años que no gobernaba un auténtico faraón indígena, siendo sustituidos por regentes extranjeros, primero persas, y luego monarcas de melindrosa y refinada cultura helénica.


En este contexto de declive y postración, vivió un sacerdote de Re, un historiador destacado que ha pasado a la historia con el seudónimo de Manetón, aunque su verdadero nombre –se especula– debió ser Merydjehuty, esto es, “Amado del dios Thoth”. Su obra maestra, Aegyptiaca, nos ha llegado por medio de autores posteriores como el romano-hebreo Flavio Josefo o el bizantino Jorge Sincelo, y consiste en una lista cronológica de todos los reyes de Egipto, ordenados por dinastías. Sin embargo, la obra está fragmentada y se supone que fue alterada a lo largo de los siglos debido a las “batallas” culturales entre autores semitas y antisemitas.
En 1912 se formó en El Cairo un pequeño grupo elitista compuesto de varios lores y aristócratas británicos interesados por la civilización egipcia. Uno de ellos, un tal Neville, excavó las ruinas de un antiguo templo dedicado al dios Onuris-Shu en el que Manetón había servido como sacerdote, al este de la ciudad de Sais, en Sebennytos. Accidentalmente, Neville halló una cámara secreta bajo el altar del dios mayor, en cuyo interior se albergaban varios nichos y algunos amuletos menores, pues hacía tiempo que el lugar había sido ya saqueado. No obstante, en uno de los nichos, semi oculto por el polvo y la arena, se encontró una serie de pergaminos, que narraban una historia usando el griego del periodo ptolemaico. Al estudiarlo, Neville confirmó que el estilo y las formas gramaticales eran las propias de Manetón. Antes de mostrárselo a sus compañeros y a la comunidad arqueológica, se consagró a su estudio y traducción por completo. Habiendo regresado a su apartamento en El Cairo, Neville se enclaustró junto a diccionarios y gramáticas del griego clásico y enciclopedias de la época helenística. Un muchacho árabe llamado Muhammad le traía diariamente el almuerzo y la cena, pero aparte de él, Neville no tuvo contacto con nadie más en meses.
El relato que narraban los pergaminos aparentaba ser un prólogo mítico a la Aegyptiaca; contaba la historia de una especie prehistórica de coleópteros gigantes que pobló la tierra de Egipto hasta aproximadamente el año 3000 a.C. Como en la Aegyptiaca, Manetón había redactado cronológicamente los hechos relevantes acontecidos durante el reinado de cada uno de sus reyes, a lo largo de tres milenios de historia, hasta su definitiva extinción fruto de las guerras civiles, los conflictos internos, y las incursiones humanas procedentes del Sahara. Estas criaturas se asemejaban a gigantescos escarabajos peloteros, el doble de altos que un hombre adulto, de caparazones tan gruesos y resistentes como escudos de hierro forjado, y colmillos, cuernos y apéndices afilados, precisos y mortales. Su origen es desconocido; ¿tal vez fueran los últimos vestigios de un viejo orden, cuando los insectos eran grandes como ferrocarriles y dominaban el mundo, durante el Silúrico, Ordovícico, Carbonífero…? ¿Una especie superviviente de insectos mutantes o una muestra de gigantismo genético? Quién sabe.
Todo comenzó aproximadamente en el 6000 a.C, cuando esta especie extraordinaria ya había desarrollado un lenguaje, religión y cultura propios. Se llamaban a sí mismos los ba-jeper –“alma del escarabajo”–,  aunque en la obra se los menciona como “señores de las arenas”; por aquel entonces se repartían de manera nómada por las riveras del Nilo. Manetón habla de cuatro reyes pre-dinásticos: Kemej, Anpu, Apep y Tybys, que gobernaban cuatro tribus distintas de su pueblo. Durante los siglos anteriores, habían estado en guerra por los recursos del país, intentando imponer su propio panteón de dioses al resto de su especie. Kemej fue el primero en sugerir la unión de todas las tribus de señores de las arenas en un único gran imperio, que teorizó llamándolo Kemt, que en su lengua significaba “tierra negra”, por el color que adoptaban los márgenes del Nilo al desbordarse éste cada año.
Quinientos años después, un señor de las arenas llamado Wesretjau, sumo sacerdote del dios Re y señor de la guerra, hizo realidad el ideal presagiado por Kemej y unificó las tribus de ba-jeper bajo su imperio, estableciéndolas de modo sedentario en las tierras fértiles junto al Nilo. Se proclamó Gran rey-sacerdote y adoptó los nombres de Kheperre y Wahnesytmireempet, esto es, “Escarabajo de Re, Duradero en su reinado como Re en el cielo”. Sus súbditos lo conocieron desde entonces en adelante como Kheperre I, señor de los destinos de Kemt y encarnación viviente de los dioses. En años venideros se convirtió en héroe nacional y se le veneró como a un dios, prolongándose su culto más allá de su muerte. Poco o casi nada más se sabe de su vida personal; como otros muchos grandes líderes de la historia, los detalles de su vida han sido desplazados por el mito de su grandeza y divinidad.


Habiendo asegurado su dominio absoluto a lo largo del Nilo y desde las montañas de Libia hasta Arabia, Kheperre I organizó el Imperio de Kemt y ordenó la construcción de la Ciudad-Templo de Hutkajeper –“casa del ka (es decir, espíritu) del escarabajo”– que convirtió en capital de su reino y desde donde gobernó con poderes ilimitados durante más de cincuenta años. Sin embargo, al acercarse el momento de su muerte, el monarca creó un órgano legislativo, el Pesedyet o Consejo de los Nueve, reformando el gobierno de Kemt en una especie de aristocracia dinástica: los nueve miembros del consejo tenían la potestad sagrada de redactar las leyes del reino y encargarse de su correcta administración. Al morir Kheperre, los Nueve se arrogaron la función de elegir de entre ellos, por inspiración divina, a un nuevo rey-sacerdote de Hutkajeper –Nesum-Wnut–. Se iniciaba así la Primera Dinastía de Kemt, y un periodo de gran paz y tranquilidad. En un principio, el rey-sacerdote adoptaba el nombre de Rahotep –“el dios Re está satisfecho”–. Siguieron esta tradición todos los gobernantes de la Primera Dinastía: Rahotep I, Rahotep II, Rahotep III y Rahotep IV; pero, con el paso de los siglos, cada rey-sacerdote terminó por escoger un nombre relacionado con el dios o misterio religioso que más reverenciase su pueblo en ese momento, añadiendo casi siempre las partículas –hotep, “el satisfecho”, o –jufu, “me protege”: el primer rey de la Segunda Dinastía fue Ra-jufu I, seguido por Rahotep V, Imhotep I, Imrehotep I e Imrehotep II, mostrando que Re y Amen (Imun), eran el foco de adoración de los señores de las arenas.
Durante la III Dinastía, los reyes-sacerdotes se identificaron con el dios Atem (Itemu).  Fue una etapa de progreso e ilustración, durante la que no se vio alterada la deriva natural del Imperio hacia la paz, la tranquilidad, la prosperidad y el bienestar. Las Ciencias experimentaron un gran auge: los señores de las arenas eran matemáticos, astrólogos, arquitectos y médicos experimentados, y cuyos descubrimientos e invenciones eran extraordinarios: la rueda, la cuña, la palanca, la rampa y la polea. Las Humanidades también tuvieron su cénit durante este periodo con la aparición del lenguaje escrito. Todo ello, se dice, fue creado por el hombre alrededor del tercer milenio a.C. o más tarde incluso, y sin embargo, los señores de las arenas adelantaban a la Humanidad por milenios.
En año 4850 a.C. aproximadamente, moría de manera inesperada Itemu-jufu I. El Pesedyet eligió como sucesor a su visir, el joven Nebmaatre, fundador de la IV Dinastía. Éste adoptó los nombres de Rahorajtyhotep Sejempahtydjeserjaw –“Horizonte sagrado de Re, Poderoso en su fuerza, Sagrado en su apariencia”– y gobernó durante cien años – su reinado es el más largo de la historia de los reyes de Kemt. Trajo la fortuna y la abundancia al Imperio como nunca antes se había visto, gracias a su espíritu emprendedor y aventurero: ordenó la exploración  del río Nilo hasta las entrañas del continente africano, y potenció el comercio dando a sus súbditos la libertad económica necesaria para organizar sus propios negocios. Los ba-jeper entraron en contacto por primera vez con las tribus humanas africanas procedentes del Sahara y Nubia, y establecieron buenas relaciones comerciales mutuamente beneficiosas. El mercado de Kemt se vio desbordado por productos procedentes de todos rincones de África, Arabia y el Mediterráneo: inciensos, oro, metales preciosos, telas y víveres exóticos, a los que el pueblo tuvo fácil acceso gracias al mercado desregulado y reducidos impuestos. El bienestar alcanzado fue tan alto, que los ba-jeper aumentaron en tamaño y altura y doblaron su esperanza de vida.
El gobierno era eficiente y preciso; los funcionarios, trabajadores y diligentes; y la justicia, imparcial y efectiva. Nunca desde tiempos de Kheperre los señores de las arenas habían querido tanto a sus dirigentes. Los súbditos de Rahorajtyhotep comenzaron a llamarlo Kamaatre, que significa “espíritu de la justicia de Re”, y, a su muerte, lo añadieron con ese nombre al panteón egipcio como una deidad menor de la abundancia, el bienestar y el gobierno justo. El lema persona de Rahorajtyhotep fue Anj Wedja Seneb, que se traduce como “vida, prosperidad, salud”. Con el tiempo, casi todos los reyes-sacerdotes adoptaron esa frase como su sello real y, eventualmente, lo heredaron los sucesores humanos de los señores de las arenas.
Usirhotep I fue el siguiente en heredar el gobierno de Kemt, y durante cincuenta años prolongó el bienestar y la paz que su predecesor había logrado. Tras él, el Pesedyet eligió a su jovencísimo hijo, que reinó con el nombre de Horhotep I y cuyo dios predilecto fue el celestial Horus. Sin embargo, malas influencias pervirtieron las buenas intenciones del inexperto monarca, y éste, aconsejado por individuos despreciables, comenzó a conceder favores y monopolios, tanto políticos como comerciales. El rey-sacerdote había sido convencido de que sólo así, centralizando el poder de manera efectiva, podría superar el buen gobierno de sus antecesores. No obstante, las medidas y políticas del rey fueron mal acogidas por el pueblo, que vieron aquellas concesiones particulares como un negocio del que se lucraban injustamente aquellos que gozaban de influencias. El nepotismo tuvo un gran auge y ello provocó la caída del gobierno al tiempo que Horhotep fallecía en extrañas circunstancias a una edad muy temprana.


Lo sucedió su tío, Kanajt, que tomó el nombre de Sutyhotep Setenpenre –“el dios Seth está satisfecho, Elegido de Re”–, adoptando como patrón del reino a Seth, dios del desierto, la tempestad y el caos. Sólo con eso, sus intenciones parecían ya no ser demasiado pacíficas. En vez de paliar los casos de corrupción del gobierno, el nuevo rey-sacerdote distrajo la atención del pueblo creando un enemigo extranjero imaginario, culpabilizando a las tribus humanas que vivían de manera nómada al oeste del Imperio, en el Sahara. Sutyhotep dirigió el primer gran ejército de Kemt y extendió sus dominios más allá de Saqqara, arrasando con todo cuanto hallaba a su paso. Intentando defenderse, los humanos respondieron a los ataques penetrando en el reino por el sur y realizando incursiones de poca envergadura contra diminutos asentamientos fronterizos. A pesar de su insignificante importancia, estos ataques esporádicos de táctica guerrillera legitimaron las acciones de Sutyhotep a ojos del pueblo de Kemt.
El rey-sacerdote esclavizó a muchos de estos humanos que antes, durante el reinado de Rahorajtyhotep y sus sucesores, habían sido atraídos a Kemt por la prosperidad del Imperio y por las oportunidades comerciales. Estos esclavos se convertirían con el tiempo en los primeros egipcios, adoptando el idioma, religión y cultura de sus amos. Una vez los señores de las arenas se hubieron extinguido, los humanos perpetuaron su legado, pero siempre recordaron al dios Seth como una deidad perversa, pues éste había sido el emblema del rey-sacerdote que los había esclavizado originalmente.
Sutyhotep guerreó durante toda su vida y reforzó las fronteras de su reino, convirtiendo Kemt en una gran potencia militar y en un bastión inexpugnable para sus enemigos. Sin embargo, la administración económica de su reinado no fue demasiado buena: el comercio desapareció y el mercado quedó subordinado a las necesidades bélicas; los impuestos aumentaron astronómicamente y los pequeños productores se arruinaron, por lo que el Estado se tuvo que hacer cargo de las antiguas funciones ejercidas por la iniciativa particular. Conforme la pobreza y la miseria productivas aumentaban, el reino pasó a obtener sus ingresos esencialmente de los botines de guerra y del saqueo, y del trabajo de los esclavos. Para financiar sus inútiles y megalómanas campañas militares, el rey se vio obligado a clausurar el culto religioso y a cerrar los templos, acaparando todas las riquezas disponibles; y, cuando ni siquiera eso bastó, se decía que Sutyhotep había forzado a sus hijas a prostituirse con el fin de conseguir fondos para continuar sus expediciones bélicas.
Kemt quedó sumida en la indigencia y las penurias constantes. Tras varias hambrunas y rebeliones incitadas por el clero ultrajado, Sutyhotep optó por reprimir violentamente a la población, convirtiendo su reino en un Estado policial en el que los ciudadanos eran prisioneros. Aunque durante todo su gobierno el rey conservó el apoyo del Pesedyet que lo había elegido, cuando ya se hizo mayor y sus días de gloria llegaban a su fin, Sutyhotep amenazó con disolver el Consejo de los Nueve y convertir su Imperio en una monarquía hereditaria. El Pesedyet no toleró aquello y, con el apoyo del clero y el pueblo, derrocó al déspota, poniendo en su lugar a Horhotep II como nuevo rey-sacerdote. El antiguo monarca permaneció en prisión un par de años más antes de que le sobreviniera la muerte.
A Horhotep II lo sucedió Horhotep III, y tras largos años de reinado en el que pacientemente reconstruyó el Imperio y sanó la sociedad civil, restaurando el culto y el comercio, el monarca murió en la tranquilidad de creer haber acabado con toda clase de amenazas internas. Por desgracia, sus descendientes vivirían lo bastante como para presenciar el alzamiento de una nueva secta muy popular: el Culto Mortuorio. Los orígenes de este culto se remontan a la V Dinastía de Kemt, durante el reinado de Horhotep IV y Horhotep V. Sus miembros eran seguidores de los misterios de los dioses Anpu (Anubis)  y Nebthet (Neftis), patronos de la muerte y los procesos de embalsamamiento; y realizaban sus rituales y ofrendas en la soledad de las necrópolis suburbanas.


Poco a poco, el Culto Mortuorio, dedicado a la tarea de embalsamar los cuerpos de los difuntos y prepararlos para la vida eterna, ganó muchos adeptos entre el pueblo y la corte. Durante el reinado de Horhotep VI, el Pesedyet reconoció finalmente la autoridad religiosa de su sumo sacerdote, Jnumtanpu. Horhotep VI, como sucesor divino de Kheperre y del dios Re, no quería que el Culto le usurpara autoridad y por ello decidió proclamarse cabeza dirigente del mismo. La idea del rey-sacerdote era influir en el culto para reducir su influencia, pero más bien sucedió al contrario. Su sumo sacerdote, Neferjepernebthet Netjeretjau Jnumtanpu –“Bella es la forma de la diosa Neftis, Divino en apariencia, Unido al dios Anubis”– fue un longevo señor de las arenas de turbias intenciones, cuyo fin último era, por un lado, hacerse con el poder en Kemt, y por otro, descubrir el secreto de la vida eterna por medio de oscura investigaciones. Jnumtanpu logró hábilmente hacer que la influencia de su culto creciera hasta límites insospechados. Con la muerte de Horhotep VI, los reyes-sacerdotes se convirtieron en fervientes seguidores de la doctrina del Culto y en muchos casos nombraron visires a miembros de su sacerdocio. Para cuando Jnumtanpu murió, el Culto había ya emplazado a dos de los suyos como reyes-sacerdotes: Anpuhotep I y Anpuhotep II, fundadores de la VI Dinastía. Ambos habían sido iniciados en el culto y, llegados al poder, lo beneficiaron políticamente.
El nuevo sumo sacerdote del Culto Mortuorio fue el aprendiz y discípulo de Jnumtanpu, Neferjeperre Netjeretjau Djehutyemsaf –“Bello es el dios Re, Divino en apariencia, el dios Thoth me protege”–, de quien se decía que era un hechicero magistral y un nigromante experimentado. Éste tenía gran influencia entre los señores de las arenas y formaba parte del Pesedyet. Tras el fallecimiento de Anpuhotep II, logró que el consejo nombrara rey-sacerdote a su hermano mayor, Atahf, que adoptó el nombre de Neferjeper Wesretjeperre –“Bello escarabajo, Poderoso es el dios Re”–, y quien en gratitud benefició tanto política como económicamente al Culto Mortuorio más allá de límites insospechados. Algunas malas lenguas insinuaban que quien verdaderamente gobernaba Kemt no era Atahf, sino su hermano Djehutyemsaf.
Atahf I fue un rey muy devoto; bajo su gobierno, se exacerbó la deriva que se había experimentado durante el reinado de sus predecesores: los ba-jeper comenzaron a descuidar sus antiguas tradiciones y se obsesionaron con el Más Allá y la vida eterna, rindiendo un fanático culto a los dioses Neftis y Anubis, relegando al resto de deidades a un segundo plano. Todos los señores de las arenas se preocuparon por la adecuada preservación de sus restos y gastaron fortunas en la construcción de magníficas tumbas, de manera que las necrópolis acabaron por ser más grandes que las ciudades de los vivos; los complejos funerarios crecieron hasta alcanzar dimensiones ciclópeas: cenotafios, mastabas, pirámides escalonadas, templos, tumbas, y demás construcciones mortuorias fueron equipadas con mayores comodidades que los palacios de Hutkajeper; las pirámides se elevaban cientos de metros hacia el cielo, y grandes puentes las unían entre sí, como para permitir a los difuntos visitar a sus vecinos en la muerte. La medicina se olvidó de los vivos y pasó a orientarse al cuidado y preservación de los cadáveres: los muertos se momificaban siguiendo la tradición de embalsamar los cuerpos, y se enterraban rodeados de todo tipo de confort: oro, joyas, perfumes, alimentos, bebidas, mascotas y criados terminaban acompañando a sus dueños en su viaje al Más Allá.


Por todo ello, Atahf I pasó a la historia como uno de los reyes-sacerdotes más incompetentes de Kemt, al malgastar todos los recursos de su pueblo en grandes necrópolis antes que emplearlos en mejorar la vida de los vivos. Mientras tanto, el culto se inclinó por ramas de la magia más oscuras, y la nigromancia se convirtió en la disciplina predilecta de sus sectarios. Djehutyemsaf empleó estos conocimientos malignos para lograr destilar el elixir de la inmortalidad; no obstante, antes de que pudiera compartir su descubrimiento, fue asesinado por su discípulo más aventajado, Djehutyanj, quien quería apoderarse en exclusiva del secreto de la vida eterna.  Tras la muerte de Djehutyemsaf, lo sucedió como sumo sacerdote su rival dentro del culto, Menjeperre. Sin el apoyo incondicional de su hermano, Atahf perdió su influencia entre los miembros del Culto Mortuorio. Al poco tiempo, cuando el monarca se reveló como un lastre para los objetivos del culto, Menjeperre lo hizo asesinar, y gracias a sus influencias entre el Pesedyet, consiguió que lo nombraran nuevo rey-sacerdote bajo el nombre de Anjatem I. Durante su reinado, el gobierno de Kemt y el Culto Mortuorio estuvieron tan inextricablemente unidos que casi todos los señores de las arenas profesaban de un modo u otro sus misterios.
Cuando Anjatem I aparentó conspirar para perpetuar su dinastía en el poder y disolver así el Pesedyet, el consejo respondió ordenando su asesinato. Con la repentina muerte del rey, la fiebre religiosa que había hecho presa de Kemt durante cerca de dos siglos pareció desvanecerse un poco, y los Nueve se dieron cuenta de la terrible época de crisis y miseria que había traído consigo la VI Dinastía. Los dos últimos reyes habían sido especialmente ineptos como gobernantes a pesar del poder casi absoluto que esgrimían. Se sucedieron las hambrunas y el pueblo se mostró poco conforme respecto a la autoridad ejercida por el Culto en las acciones de gobierno. Un sacerdote de Re llamado Nefjeperre fue elegido nuevo monarca con el nombre real de Ra-jufu II. El nuevo rey trató de aliviar la situación de crisis reavivando los misterios de Re y recortando drásticamente el poder del Culto Mortuorio. Su sucesor Hut-Horhotep I siguió esa política sin verdadero éxito.
En el 4000 a.C., el Pesedyet eligió por última vez a uno de los suyos, Usermaatre, como rey-sacerdote legítimo de Kemt. Desesperado por devolver la prosperidad al reino, el joven Usermaatre decidió cambiar su nombre a Imratem Urmshetep –“Amen, Re y Atem unidos, Grande es quien trae la paz”– para evocar en su pueblo recuerdos de dioses benévolos y deseos de paz. Su estrategia fracasó al intentar bloquear la autoridad del Culto Mortuorio clausurando sus templos, puesto que los sectarios se rebelaron, oponiéndose a su gobierno. Como resultado, estallaron las riñas y la guerra civil se extendió por todo el país, volviendo unas ciudades contra otras por el control de los limitados recursos y provisiones. Tras la muerte del monarca y la devastación de Hutkajeper, el Imperio de los señores de las arenas se disolvió y el Pesedyet, dividido por las disputas internas, no volvió a elegir a un nuevo rey-sacerdote. A raíz de todo esto, los humanos volvieron a penetrar con facilidad hasta el interior del ancestral reino, ofreciendo su ayuda como mercenarios a quien mejor pagase. Con el paso de los años y sin que los conflictos se solucionasen, los humanos se rebelaron contra aquellos que los habían contratado, y los señores de las arenas restantes no pudieron hacer frente a la creciente marea de la Humanidad. Finalmente, toda su especie se extinguió y los egipcios se autonombraron señores de Kemt.
Según las dataciones de Manetón, para cuando la especie humana aprendió a utilizar el bronce en la fabricación de herramientas, Kemt era ya un mito lejano. No obstante, el autor ofrecía pruebas de lo que relataba al proporcionar coordenadas geográficas que situaban en Saqqara las ruinas funerarias de los antiguos señores del Nilo, donde, bajo una megalítica mastaba de ciclópea sillería, aún descansaban los secretos de estos olvidados semi dioses.
Neville comentó sus descubrimientos al resto de sus colegas, a quienes confió el valioso libro hallado en Sebennytos antes de partir solo en dirección a Saqqara. Lo que encontró en aquella mastaba de fría piedra caliza en mitad del desierto, o si encontró siquiera el lugar indicado, nadie lo sabe, pues el prometedor egiptólogo no retornó jamás, y el libro escrito por Manetón se perdió durante los combates de la Primera Guerra Mundial.



Nefenebunetjer Hekaparaa Hymaatre Merydjehuty Nejtneheh Merynetjert Menejmarajtre, a 17 de marzo de 2013.